No podemos amar sin cerebro. Cuando nos enamoramos el corazón late más deprisa, tenemos mariposas en el estómago, no somos capaces de probar bocado y nos transpiran las manos y nos tiembla la voz en la primera cita, pero todos esos cambios físicos no pueden compararse con la revolución que está pasando dentro de nuestra cabeza. Si sentimos miedo o estamos enfadados, nuestro lóbulo temporal se activará. Qué cosa tan pobre comparada con el amor, que provoca que todo el cerebro se encienda como si fuera una bombilla.

El día de San Valentín está repleto de corazones, pero las cosas suceden un poco más arriba. En el libro «Tu supercerebro» (Planeta), la neurocientífica noruega Kaja Nordengen explica cómo los trabajos con imágenes computarizadas han permitido observar con claridad qué partes cerebrales están activas cuando una persona ama a otra. Lo que ocurre es que tanto zonas de la corteza cerebral, en especial la ínsula, como otras más primitivas del cerebro, como los ganglios basales y el sistema límbico, se activan todas juntas. El resultado es una fiesta total de dopamina, la sustancia de la recompensa. Posiblemente las flechas de Cupido están impregnadas con ese neurotransmisor.

Como señala esta profesora de la Universidad de Oslo, si porciones tan grandes del cerebro están implicadas es porque tiene importantes consecuencias genéticas y reproductivas para nuestra especie. Especialmente porque es posible que pasemos el resto de nuestra vida con la persona que hemos elegido, un comportamiento que solo mantienen el 5% de los mamíferos. Aquí entra en juego otra sustancia, la oxitocina, conocida como la hormona del amor, cuya liberación entre las neuronas facilita que seamos fieles a nuestra pareja. Ocurre a espuertas con el nacimiento y la crianza de un hijo, pero también con las relaciones sexuales.

Precisamente, recuerda Nordengen, para tener una experiencia sexual completa hace falta la labor conjunta y simultánea de casi todas las partes del cerebro. Cuando aparece en el campo de visión alguien que nos resulta muy atractivo sexualmente, el lóbulo occipital empieza a trabajar. Si nuestras manos se posan en esa persona, las señales se extienden al lóbulo parietal en el hemisferio opuesto. Sin embargo, es el lóbulo frontal, con la colaboración del sistema límbico, la parte que trabaja en reconocer qué o quién nos parece atractivo. Así nos concentramos y prestamos mucha menos atención al resto de lo que nos rodea. Al mismo tiempo hay varios cambios hormonales controlados por el cerebro.

Un orgasmo… sin pensar

El orgasmo llega con la activación de casi la totalidad del cerebro, a excepción del lóbulo frontal y la amígdala. La desactivación del lóbulo frontal está clara, porque nos permite dejar de pensar, pero la de la amígdala, implicada en emociones primitivas, resulta un misterio. «Se cree que es esta desactivación la que puede llevar a la hipersexualidad y al comportamiento sexual indiscriminado que aparece con ciertos daños cerebrales», apunta la autora.

Según investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford puede decirse que los enamorados están «colgados», de la misma forma que un adicto a las drogas. La pasión es tan potente que puede ser increíblemente eficaz para aliviar el dolor, con un poder calmante similar al de los analgésicos e incluso al de estupefacientes como la cocaína.

Las investigaciones de los neurocientíficos arrojan luz sobre eso que llamamos amor y nos permiten comprendernos mejor a nosotros mismos, lo cual no es poco, pero no lo explican todo. Además de las neuronas, la cultura, las vivencias y las circunstancias personales y ambientales hacen que nuestros sentimientos sean unos u otros. Y esas piezas son fundamentales para entender nuestra conducta amorosa. Por ejemplo, el motivo por el que nos enamoramos de una persona y no de otra sigue siendo un misterio.

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