¿Son buenos lectores los jóvenes de las izquierdas rupturistas? Por supuesto que sí: es fácilmente apreciable cómo Lenin, Trotsky y Bakunin, Gramsci, Habermas y Laclau han moldeado esas cabecitas. La marca de fábrica es perceptible, el logo es visible en todas sus poleras.

Y, ¿pasa lo mismo con los jóvenes conservadores?

No. Ciertamente en la derecha hay unos pocos que acuden con frecuencia a las fuentes del conocimiento, pero son muchos más los que se guían por tres ideas vagas, dos instintos pasajeros y una que otra experiencia elevada a rango de dogma.

Por eso, si efectivamente se está construyendo una auténtica derecha conservadora, deben ser sus jóvenes líderes quienes mejor expresen las ideas claras de una doctrina bien asentada en lecturas.

Y esa formación intelectual tiene que comenzar por una buena base antropológica. Sí, conocimiento de la persona humana, conocimiento desde la perspectiva cristiana, lo que significa haber asimilado a Julián Marías, a Antonio Millán Puelles, a Leonardo Polo, a Alejandro Llano, a Gilbert K. Chesterton, a Clive S. Lewis, a Gustave Thibon, a Robert Spaemann, a Joseph Pieper y, sobre todo, a San Juan Pablo II. En esa base se pueden asentar las lecturas sobre sociedad y política; ahí pueden encontrar su apoyo los planteamientos de Alexandr Solzhenitsyn, de Vaclav Havel, de Octavio Paz, de Raymond Aron, de Michael Novak, de Russell Kirk, de Michael Oakeshott… y de tantos otros.

Y quien conoce lo propio, debe también entender cómo funciona la teoría rival. Las estructuras fundamentales del marxismo clásico, del neomarxismo, de la socialdemocracia, del materialismo darwinista y del liberalismo individualista deben ser perfectamente conocidas por los jóvenes conservadores. Razonar sobre el error ajeno debe ser lo suyo.

Pero sin fundamento histórico, toda la formación antropológica y política carece de contexto. Las obras de Mario Góngora, Jaime Eyzaguirre, Gonzalo Vial, Sergio Villalobos, Joaquín Fermandois y Bernardino Bravo son lecturas imprescindibles respecto de Chile, para que las jóvenes generaciones no sean avasalladas por tanta manipulación inescrupulosa. Ernst Nolte, Richard Pipes, Orlando Figes, Robert Conquest, Francois Furet y Anne Applebaum debieran ser también autores de obligada lectura respecto del dramático siglo XX.

En esa trama histórica general se deben conocer, para Chile en concreto, las biografías de algunos notables compatriotas: Diego Portales, Manuel Montt, Manuel José Yrarrázaval, Jorge Prat, Jaime Guzmán, Julio Philippi y Augusto Pinochet. Son vidas que están disponibles en estudios eruditos o, al menos, en textos que muestran parcialmente sus existencias.

La formación económica no puede estar ausente. No se trata de que los jóvenes conservadores lleguen a ser expertos en gráficos y estadísticas, pero sí es imprescindible que dominen el lenguaje de la disciplina -cincuenta conceptos clave- y se manejen con soltura en la teoría que funda un orden social libre: Röpke, Hayek y Friedmann, lecturas obligadas.

Por supuesto, no basta con leer.

Toda esa formación tiene que ser bien comentada, bien discutida, bien articulada con la realidad del día a día nacional. Para eso, los jóvenes conservadores de la nueva derecha chilena deben integrarse a ciclos de formación bien estructurados y exigentes, a cargo de profesores competentes. Todo eso les permitirá desarrollar no solo sus aptitudes intelectuales y sociales -el imprescindible trabajo en equipo-, sino, sobre todo, convencerse de que hace falta una condición decisiva para la tarea que tienen por delante: agallas, muchas y persistentes agallas.
/Por Gonzalo Rojas para El Mercurio