Esta semana hubo un incidente que retrata -como si fuera una crónica- uno de los problemas por los que atraviesa la política en Chile.

Se trata de sus relaciones con la economía.

El ministro Valdés reprendió, regañó, reconvino, apercibió, censuró -qué palabra describirá mejor lo que hizo- a la ministra del Trabajo por sus declaraciones a propósito de la cotización adicional del 5%. ¿Qué había dicho la ministra? Reveló que ese 5% no sería administrado por las AFP. Y para subrayar el punto lanzó la frase:

Ni un peso más para las AFP.

Esas declaraciones, dijo el ministro, revelaban imprudencia y el empleo de un tono inadecuado, que en vez de contribuir a la racionalidad del debate, lo ajizaba.

La ministra reprendida prefirió guardar silencio. Pero quien la antecedió, Ximena Rincón, declaró:

Valdés debe entender que los ministros son sus pares, no sus subalternos.

El problema quedó así planteado. ¿Será verdad que los miembros del gabinete son pares y no subalternos del ministro Valdés? En la falta de respuesta a esta pregunta, o en las respuestas ambiguas, que es casi lo mismo, radica el problema que experimenta la política en Chile.

Hasta hace algún tiempo, el ministro de Hacienda poseía un predominio incontrarrestable en el gabinete. Ello derivaba no de la personalidad de quien ejercía el cargo, sino de una convicción muda que atravesó la cultura política en Chile desde que se recuperó la democracia. Esa convicción consistía en que el saber económico representaba el principio de realidad al que cualquier demanda o propuesta debía someterse. Como todo el mundo sabe, Freud sugirió que la civilización, y la madurez individual, se alcanzaba cuando el principio del placer (el deseo) era domeñado y sometido al principio de realidad (la dolorosa escasez). Este último papel lo cumplió siempre el ministro de Hacienda.

Pero de un tiempo a esta parte, la cultura política en Chile ha estado influida por la convicción de que la vida en común, lo que es posible y lo que no, depende ante todo de la voluntad, de la decisión de hacerlo, del combustible del deseo y de la capacidad de exhibirlo o de movilizarlo en las calles. Esta convicción es, hasta cierto punto, una reacción frente al predominio de la técnica, y de los técnicos, que fue tan marcada durante los gobiernos de la Concertación; pero presenta ribetes tan acentuados que a veces se parece a eso que Bourdieu (sí, el mismo) llamó “quejas adolescentes por la finitud de lo social”.

El incidente, de apariencia banal, entre la ministra del Trabajo y el ministro de Hacienda, es el síntoma por el que asoma esa tensión soterrada, y no del todo resuelta, en la élite de la Nueva Mayoría, acerca del lugar que cabe en las tareas gubernamentales al saber de la técnica y en especial al saber económico. Los debates sobre las AFP o la reforma laboral son también disputas por el lugar que en la esfera pública le cabe al economista en sus relaciones con el político.

¿Es la economía una esclava de las preferencias de la política o, en cambio, un vigía que controla sus excesos?

Keynes, a quien le preocupaban estas cosas, pensó que la economía tenía una ventaja sobre la política. Era relativamente fácil ponerse de acuerdo en cuestiones de economía positiva, en aquello que era posible o imposible de realizar. La razón, arguyó, era que la economía positiva trata solo con hechos, en tanto que la política trata con ideales que siempre están en conflicto. Otro gran economista, L. Robbins, apuntó que las discrepancias pueden referirse a los medios o a los fines. Las primeras eran sencillas de zanjar, pero las últimas no; estas, dijo, siempre son un caso “de su sangre o la mía”. Así, si no era posible ponerse de acuerdo en la política, siempre podía alcanzarse un mínimo en la economía.

El problema de la política hoy en Chile -y será con toda seguridad el problema que habrá que resolver en los años que vienen- es que hasta ese mínimo que señalaron Keynes o Robbins se está poniendo difícil. Al parecer no hay acuerdo ni en cuestiones de economía positiva, como lo mostró la reciente disputa epistolar que mantuvieron algunos economistas, ni en cuestiones de política; ni en fines, ni en medios.

Cuando eso ocurre es que la política lo ha invadido todo. Y ese es el problema, porque la política entregada a sí misma es casi pura imaginación, siempre arriesga el peligro de cortar amarras con la realidad.

Por algo Santa Teresa llamaba a la imaginación la loca de la casa.

Columna de Carlos Peña para El Mercurio

/gap