El 9 de noviembre de 1989 yo tenía apenas 8 meses. No tenía conciencia alguna de los grandes cambios que se vivían en el país y en el mundo, ni menos de las atrocidades que ocurrían al otro lado de la Cortina de Hierro. Soy parte de una generación completa que solo supo del socialismo y el comunismo por los libros y por lo que algún sector de la política, los medios y el mundo del arte, aún con la resaca del autoritarismo y con la nostalgia del fracaso, idealizaban sobre una época que ya no volverían a vivir.

Durante las últimas décadas hemos escuchado sistemáticamente que el gobierno de Allende falló en lo económico por el boicot que Estados Unidos emprendió en su contra, por la campaña de desprestigio que el “imperialismo” lideró para derrumbar la vía chilena al socialismo, y la gravitante injerencia de la CIA para derrocar finalmente Allende. Eso nos han dicho, aunque todas estas afirmaciones deberían ser matizadas y algunas derechamente se riñen con la historia, construyendo  una imagen idílica del gobierno de la UP y del socialismo y comunismo en general.

Por eso no es de extrañar que en estas nuevas generaciones existan férreos defensores del modelo socialista, que alguna diputada comunista haya dicho, después de una reunión con Fidel Castro, que “todavía estamos muy emocionados, estamos aquí como que procesando un poco el encuentro con Fidel y esperando transmitir esto y todo lo demás que nos dijo al movimiento, porque creo que todas las reflexiones que haga Fidel constituyen luz y esperanza para Chile”. A tal nivel llega la idealización sacrosanta de las figuras eminentes del socialismo y comunismo sesentero, que son capaces de obviar, pasar por alto los brutales crímenes de asesinos sanguinarios como Ernesto “Che” Guevara, porque están completamente convencidos que eran líderes incuestionables.

El comunismo y el socialismo nos brindan una nueva oportunidad de ver, en vivo y en directo, las consecuencias de su aplicación.

Entonces, aquella generación que vivió y sufrió bajo el yugo de los totalitarismos de izquierda repite incansablemente: “no pensarían lo mismo si lo hubiesen vivido”. Y claro que tienen razón; una cosa es haber sufrido la violencia política, el hambre y la escasez, y otra muy distinta es que te la cuenten, y peor aún, que te cuenten un relato remojado de idealismo, una historia a la que le han cortado los bordes rugosos para que la nueva generación millenial la procese.

Pero el comunismo y el socialismo nos brindan una nueva oportunidad de ver, en vivo y en directo, las consecuencias de su aplicación, aunque los nostálgicos nos digan lo de siempre, que no es verdadero comunismo, que el bloqueo económico, que el petróleo, y cuanta excusa vieja y repetida.

La izquierda chilena, en pleno, no puede negar lo que es obvio: que Allende y Maduro son lo mismo.

No vimos caer el muro del Berlín, no vimos a la Unión Soviética disolverse, no nos horrorizamos al saber la maquinaria de control ciudadano de la Stasi, no presenciamos a un Congreso mayoritario acusar a un Presidente de haberse marginado de la Ley y la Constitución; pero Maduro nos muestra la versión 2.0 de aquella película, con exactamente los mismos capítulos y Dios quiera con el mismo final: un pueblo libre finalmente.

Es que esta es la razón de que el allendismo chileno se haya desmarcado en los últimos segundos del partido de la figura de Maduro, llegando a decir que “la estatura de Allende como un  demócrata ejemplar, no se compara en absoluto con la de Maduro”. El dicho popular enseña que somos esclavos de nuestras palabras y amos de nuestros silencios, y la izquierda chilena, en pleno, no puede negar lo que es obvio: que Allende y Maduro son lo mismo, así como es lo mismo que Honecker, Castro, Guevara, Stalin y cuanto sanguinario comunista y socialista del siglo XX podamos nombrar.

Ya lo dijo Valenzuela en su columna en La Tercera: Maduro es el Allende de Venezuela, y una generación que solo se enteró de oídas lo que era el socialismo hoy lo aprende de la manera más cruda, viendo un pueblo con hambre y secuestrado por la represión de un Gobierno ilegítimo. Esta es, sin duda, la oportunidad para que los millenials presenciemos una nueva caída del muro, ya no en Berlín, sino el muro que Maduro construyó en la frontera para impedir que entre la ayuda humanitaria. Un nuevo muro de la vergüenza para la izquierda.

/Escrito por José Carlos Meza para El Líbero