Nos hemos acostumbrado a oír que en política el fin justifica los medios. Pero nos hace mal pensar que esta actividad, indispensable para conservar una democracia, está más allá de cualquier parámetro moral o ético. Si no, ¿cómo explicarnos que mientras se persigue a un ex comandante en jefe porque dispuso los gastos reservados para fines distintos a los de inteligencia, seamos insensibles a que los senadores no quieran justificar al Ministerio Público el gasto en asesorías desde 2010? Sólo por poner un ejemplo, porque no nos olvidemos de los sobresueldos negros en sobres a los ministros que operó por largos años del caso Mop-Gate, o del financiamiento irregular de la política, donde la Fiscalía decidió hacer justicia… sólo con algunos.

Pero estos días no puedo dejar de pensar cómo personas que se suponen buenas son capaces de sacrificar a otras, de su mismo género humano, con tal de obtener un dividendo político. Es una verdad “gritada” que el juez Alejandro Madrid, después de 16 años de investigar y desde el 2009 con dedicación exclusiva, no fue capaz de probar en su fallo de 841 páginas el delito de homicidio a Eduardo Frei Montalva, quiénes lo mataron y cómo. Sin embargo, condenó a seis personas; y aunque él mismo dijo que no se trató de un homicidio calificado “utilizando veneno” y que “no fue posible acreditar en el curso de la investigación” que hubo premeditación, acusó a cuatro médicos y otros dos civiles de autores, cómplices y encubridores.

Sucede en todas partes y en todos los tiempos: cuando el monstruo del populacho ruge, hay que tranquilizarlo con sangre.

¿Cómo se pudieron encubrir o ser cómplices si no hubo premeditación? Sólo el juez lo sabe, el mismo que días antes de la elección presidencial de 2009, cuando Sebastián Piñera desafió a Eduardo Frei, procesó a esas seis personas aludiendo a envenenamiento. En agosto de 2017 los acusa también por esta causa, pero al momento de condenarlos, en enero pasado, descarta del todo que se usara gas mostaza o talio para matar al ex Presidente.

No importa que detrás pueda haber personas inocentes; aunque sea una, es suficiente, pero el magnicidio rinde en política y si no se puede probar más que por el “contexto” de una dictadura que efectivamente asesinó a importantes ex autoridades de izquierda, mala suerte para los sentenciados que el destino reunió en esta tragedia. En la edad media, los quemaban en la hoguera; la Francia “ejemplar” degradó y expatrió a una isla al militar judío Alfred Dreyfus; a los “Penta” los metieron a la cárcel, aunque sabían que no serían condenados a pena aflictiva por financiamiento irregular de la política. Sucede en todas partes y en todos los tiempos: cuando el monstruo del populacho ruge, hay que tranquilizarlo con sangre.

Y no preguntes mucho, porque también te puede tocar y nadie te defenderá. Es más, hasta el Presidente Piñera anunció que el gobierno apelaría para que los sentenciados por el ministro Madrid sean condenados por homicidio calificado, qué importa penas superiores. ¿Es que tiene antecedentes que no logró recabar el juez en los diez años que se dedicó exclusivamente a investigar el posible asesinato del ex Mandatario?

El mal a otros puede rendir políticamente. Mientras no le toque a uno….

Pero el Presidente toma de su propia medicina, porque sin que haya una solo prueba en las miles de páginas de la investigación contra su subsecretario de Redes, la DC exige que le entregue su cabeza en una bandeja. Ahora lo justifican con que en la sentencia el juez le hizo un reproche ético a Luis Castillo, como si se tratara de un tribunal de ética y no de uno penal. Puede que no haya razones, pero la directiva DC lo pide y Piñera se resiste. Pareciera que más por no sentar un precedente frente a los opositores que por la convicción que no debe sacrificar personas para obtener los votos DC que necesita para aprobar sus proyectos en el Congreso.

Y la misma medicina le toca tomar al Presidente cuando buena parte de la oposición resuelve instrumentalizar en su contra el viaje a Cúcuta a apoyar la entrega de ayuda humanitaria en Venezuela, olvidando que hay millones de personas que sufren hambre, no tienen medicamentos, tampoco trabajo y libertad. Esa ex Nueva Mayoría y Frente Amplio no miran a los 3,5 millones de personas que han tenido que abandonar su patria para subsistir; son indiferentes a que en Chile los venezolanos se hayan convertido en el grupo migrante más numeroso, con casi 300 mil hombres, mujeres y niños con los que nos relacionamos todos los días en distintas labores en oficinas, en tiendas, en la calle, buscando una vida normal de subsistencia que les negó el dictador de su país, Nicolás Maduro. No, lo que prima en buena parte de nuestra oposición es impedir que Piñera saque dividendos políticos y si para ello hay que callar sobre la dictadura de Maduro y la evidente tibieza de Michelle Bachelet en las Naciones Unidas y seguir escudándose en vocablos agotados como el “diálogo” y la “preocupación” por la crisis, así será. 

El mal a otros puede rendir políticamente. Mientras no le toque a uno….

/Columna de Pilar Molina para El Líbero