Resulta imposible saber, al menos por ahora, si la acusación de violencia intrafamiliar contra el diputado Gabriel Silber es falsa o verdadera. Sin embargo, una cosa parece indiscutible: que una denuncia anónima lanzada contra un diputado haya sido capaz de descarrilar su postulación a la presidencia de la Cámara sienta un nuevo precedente de bajeza en nuestra política.

Silber perdió el cargo antes de asumirlo pese a que nadie, ni siquiera su exmujer, sostiene públicamente que es culpable de lo que se le acusa. Lo que hizo inviable su arribo a la testera de la Cámara es el solo hecho de que alguien haya sembrado una duda acerca de su comportamiento en un tema que se ha vuelto hipersensible. Estamos en presencia de un nuevo estándar: ya no hace falta una sentencia a firme ni la existencia de una sospecha fundada, un “testigo clave” o pruebas irrefutables; ahora es suficiente una acusación lanzada desde la oscuridad por quién sabe quién para sacar a alguien del camino.

Fue un K.O. inmediato, un gol de camarín que puso punto final a su pretensión de encabezar la Cámara de Diputados.

O sea, a partir de ahora el que cuenta es el estándar de la serie House of Cards: todo vale. No se trata de ser santurrones ni ingenuos, pero parece obvio que aquí se ha cruzado una línea.

El problema real para Silber fue que acumuló enemigos inescrupulosos que estuvieron dispuestos a usar una carta sucia, y que él careció –por razones que no son de conocimiento público— de la fuerza y las ganas para resistir el embate. Al rendirse altiro, ni siquiera dio tiempo para que se iniciara la pelea. Fue un K.O. inmediato, un gol de camarín que puso punto final a su pretensión de encabezar la Cámara de Diputados.

Lo más probable es que este episodio termine siendo apenas una anécdota. Que, cuando se haga el balance de 2019 a fin de año, el caso apenas sea una nota a pie de página, una curiosidad entre otras que ocuparon la atención mediática por un par de días.

El mensaje anónimo que sacó de carrera a Silber es, en este sentido, una novedad, algo que empuja las fronteras de lo aceptable y rebaja el nivel hasta llegar a lo impúdicamente mafioso.

Lo que queda, sin embargo, es el precedente. Gracias a la operación para bajar a Silber, nuestra política ha dado otro paso hacia el desprestigio y la brutalidad. A los realistas les gusta decir que “la política es sin llorar”, que el que entra a esta disciplina debe endurecer el cuero y dar por normales situaciones que en la vida común resultan intolerables y escandalosas. No cabe duda de que la disputa por el poder es áspera, ruda y no apta para cutis sensibles. Sin embargo, eso no implica que ella carezca de códigos que marcan el límite entre lo permitido y lo que se ubica más allá de lo admisible. El mensaje anónimo que sacó de carrera a Silber es, en este sentido, una novedad, algo que empuja las fronteras de lo aceptable y rebaja el nivel hasta llegar a lo impúdicamente mafioso.

La naturalidad con que los diputados reaccionaron ante el procedimiento que alejó a Silber sugiere que este ha sido aceptado. Quizás en ello jueguen un rol la personalidad y el estilo del afectado, pero los legisladores deberían darse cuenta de que están jugando con fuego. Los trucos mafiosos han llegado y, si no existe una condena fuerte y pronta, serán validados por omisión. Cualquier día de estos, ellos mismos podrían caer víctimas de una operación similar.

/escrito por Juan Ignacio Brito para El Líbero