Por juego y osadía. Por lo que significa y transmite. Porque representa el fútbol que encanta, el que enamora cuando uno es niño. Ese juego dotado de magia que en esencia no es más que una mentira, un engaño permanente al adversario. Eso es Valdivia, desparpajo y locura. Irresponsabilidad y audacia. Una suave brisa para tanto verso táctico y orden estratégico. Un cachetazo a los engrupidos de lo físico, a los adoradores del fútbol atlético, que intentan reemplazar el balón por movimientos, la gambeta por la marca. Son aquellos que, incapaces de volar alto y marcar la diferencia desde los valores del juego, intentan estrechar distancias desde la mediocridad. Atentando, sin vergüenzas ni pudores, a la belleza.
Son los mismos que han dicho que el único jugador diferente no puede estar en cancha porque no está bien físicamente. Que el campeonato de los Emiratos Árabes atenta contra el rendimiento colectivo de la selección, como si nuestro torneo fuera la Premier League. Son los que aseguran que Valdivia no debe estar en La Roja por sus constantes indisciplinas. Pero con sus mismas hipocresías y ejercicios acomodaticios, aguantaron otras cosas peores a varios.

Pretender que Valdivia se adapte a una disciplina espartana y sea un santo es lo mismo que desear que un genio se haga un animal sociable. No sólo es una ilusión absurda sino que contraproducente. El día en que Valdivia sea un niño bueno y deje de ser el atorrante adorable y sincero, su juego cambiará. Para mal. Será el triunfo de los abanderados del fútbol dictadura, los estandartes del orden, los enemigos de la improvisación y la genialidad.

Deseo ver al Mago desde el comienzo. Por convicción y conveniencia. Pretendo volver a sentirme hincha y niño a la vez y él es de los pocos que me transporta. Los demás entienden que esto es algo muy serio y en esos ejercicios de adultos extravían la esencia de lo que alguna vez me enamoró.

Pero también deseo que esté en la cancha porque quiero ganar y en eso nos puede ayudar y mucho. Los pocos minutos que tuvo en el Monumental demostraron que está a otro nivel, porque a diferencia de la mayoría, entiende el juego. No necesita correr demasiado, tampoco ser muy potente, menos rápido. Jorge Valdivia es de los pocos que sabe de qué se trata este deporte y por eso es imprescindible. Tal vez por eso, muchos ignorantes, presos de su analfabetismo futbolístico, prefieren rechazarlo. Lo que no se entiende, provoca miedo, dicen.

Blog de Fernando Solabarrieta para el diario La Tercera

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