Somos pocos y nos conocemos mucho. A esta selección ya la hemos analizado y sobreetiquetado en la última década. Ya no hay dudas sobre sus reales capacidades y el reconocimiento a sus logros ha sido evidente, en todos los ámbitos. Establecer hipótesis sobre sus límites es aventurado y hasta los más críticos sobre los relajos en el sistema de concentraciones y entrenamientos han morigerado el discurso.

Con un penal inexistente y un gol anulado que provoca dudas, pero sobre todo con un dominio de la pelota en el segundo tiempo que obligó a la mejor selección del mundo a pedir la hora sobre el final, hubo polémica para evaluar el resultado en Buenos Aires.

Los más concretos y pragmáticos hacen énfasis en la inutilidad del método porque no se sumó ni un punto; los otros valoramos el mejor partido en cancha ajena del actual proceso clasificatorio, ya que, aunque no sirve para sumar, abre esperanzas para la recta final.

Nos quedan dos salidas complejas: Bolivia por el entorno y Brasil, que supone el mayor desafío para cualquier selección por estos días.

Me habría gustado, como siempre, mayor foco para Venezuela, pero el paseo en avión y los éxitos equinos de Vidal, el futuro matrimonio de Medel y el exceso de velocidad (en carretera esta vez) de Sánchez a mí me ponen nervioso. Quizás por las experiencias pasadas, porque alguna vez declamé la madurez de este grupo justo antes de un proverbial bautizo o por la tendencia histórica a flaquear ante el exceso de confianza, nada puede ser peor en la previa del duelo ante el colista que el relajo.

Más aún si miramos la tabla desde abajo y un tropezón en los apretados cálculos que nos llevan al Mundial puede ser irreversible a estas alturas; la lógica obliga a pensar que el partido contra Venezuela debería tener más complicaciones que las habituales. Ante Perú y Bolivia, dos equipos virtualmente eliminados, tuvimos muchas más dificultades que las previstas, al punto que necesitamos de una mano extra para completar los tres frente a los altiplánicos.

Lo ideal sería establecer diferencias temprano, ser contundentes y mostrar toda la artillería en el Monumental para entrar bien armados a tierra derecha, aunque tenemos que asumir que esa faceta, en los últimos tiempos, solo asomó nítida el día menos pensado: ante los mexicanos en California.

La esperanza se afirma en un hecho concreto, porque nunca como ahora dispusimos de tanta artillería pesada. Castillo está intratable, Paredes en uno de sus mejores momentos y Vargas renace potente. El dilema parece ser cómo los utilizamos y la inclinación es sacrificar a Fuenzalida para permitir que el ex cruzado y “Turboman” cohabiten, esperando el momento adecuado para el ingreso del goleador albo.

En cualquier fórmula, sin embargo, se deja afuera a Jorge Valdivia, quien recuperó todos sus bonos en los análisis previos. El problema es que el tridente Vidal-Aránguiz-Valdivia parece improbable para la pizarra de Pizzi, y demasiado audaz, por varias razones. En el mejor tramo de la era Bielsa los llaneros empataron como visitantes, y alguna vez, en la época oscura, hasta ganaron.

Blog de Aldo Schiappacasse en el diario El Mercurio

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