Polémica han causado declaraciones recientes de la Primera Dama, Cecilia Morel, criticando a la oposición. Fueron antecedidas por la creación, bajo su impulso, de un inédito Comité de Coordinación Legislativa del Adulto Mayor con parlamentarios de Chile Vamos. Algunos sectores lo interpretan como un intento de politizar la agenda de la tercera edad. Observan un protagonismo que la situaría como posible carta de relevo.

El suceso suscita interrogantes. La primera, acerca del papel llamado a cumplir por la consorte de quien ocupa la presidencia, tema que se pensaba relativamente resuelto con la llegada a La Moneda de Michelle Bachelet al institucionalizar las funciones asociadas a dicha posición. En segundo término, se relaciona con las consideraciones que nos hacemos acerca de los llamados adultos mayores.
Ya en el libro que coeditáramos con Eugenio Rivera, titulado “La trastienda del gobierno”, Genaro Arriagada advertía de la necesidad de mirar el cargo con detalle porque, gustara o no, formaba parte del “núcleo estratégico del gobierno”. Alertaba sobre su rol ambiguo, su condición de no electa, su origen exclusivo en la relación marital y su falta de legitimidad formal, avanzando que la tentación a la extralimitación es más rara en el régimen parlamentario por la distinción clara entre las jefaturas de estado y de gobierno.

Cristina López Guevara ha acuñado la idea de “primerdamismo latinoamericano”. Se presentaría, a su juicio, en dos vertientes, ambas atentatorias contra la alternancia democrática y la igualdad de género (el mérito, más que propio, vendría de casarse con el hombre adecuado). Centrando el debate en qué se hace con el poder en una república, se refiere a la progresiva concentración de poder informal en manos de la esposa del Presidente cuando impulsa políticas públicas, así como al aprovechamiento de una visibilidad y recursos del Ejecutivo que ayudarían, en caso de pretenderlo, a aspirar al poder en un período subsiguiente.

Con relación a las personas mayores, vemos circular estereotipos de dependencia y minusvalía. Se alimentan con lamentables sucesos como la existencia de hogares clandestinos o de incendios por falta de supervisión. Recientes casos de suicidio nos sorprenden descubriendo que las tasas más altas de suicidio se encuentran entre las personas mayores de 80 años. Añadamos que, en un mundo que envejece demográficamente, nuestro país es el de América Latina con mayor esperanza de vida (80,5 años).

Las democracias estarán cada vez más envejecidas. Las tendencias hablan de unos electores cuyas condiciones de longevidad serán mucho mejores que en el pasado, con conciencia de derechos y capacidad de decisión. No en vano, se habla de “la revolución de las canas”. Por tanto, lleva razón la oposición al mostrar preocupación.

/Escrito por María de los Ángeles Fernández para La Tercera