A veces, uno tiene la impresión que vivimos aún bajo dictadura. No por las cosas terribles con que siempre la asociamos, sino por esa folclórica capacidad para andarnos con rodeos. En noviembre de 1979, un exvocero de la Junta, luego asesor de Aylwin, afirmaba: “estoy seguro de que mi general Pinochet no necesita de una Constitución”, lo que, en estricto rigor, no era falso ni tampoco del todo verdadero (en menos de un año tuvimos la Constitución que aún rige). Pinochet mismo, interrogado por un juez en 2005 acerca de si la DINA dependía de él, respondió sin arrugarse: “No me acuerdo, pero no es cierto. No es cierto, y si fuera cierto, no me acuerdo”. Cuesta imaginarse respuesta más honesta. Es que así de descaradamente se habla y nos tienen acostumbrados en Chile.

Ay, sí. La semana pasada se sometió a plebiscito la entrada de mujeres al Instituto Nacional y perdieron. Y, vea usted, aun cuando las reglas del juego admitían que ello ocurriera, le siguieron gritos en el cielo de por qué tan magna decisión pudo haber quedado a merced de una consulta democrática -quejas enojadísimas, aunque, de quienes nunca han objetado que votaciones den lugar a paros y tomas. Es decir, de darse la Ley de Murphy (“si algo malo puede pasar, pasará”), aplíquese la Ley del Embudo (“ancho para mí, estrecho para ti”): la manera cómo se pretende corregir lo que no debió suceder nunca. Honesto, en todo caso, plantearlo tan desvergonzadamente.De igual manera se discutió la “performance” de los Fiskales Ad-Hok, también la semana pasada. Ay, no. No es cierto que se habría pretendido incitar al odio, atravesando con flechas imágenes de figuras vivas y asesinadas de la derecha; se trataría de una “acción de arte punk”, por tanto, exenta de censura (Argumento 1). Terrible, pero no inflemos el asunto, lo dicen personeros de derecha (Argumento 2). Y (Argumento 3), aquí los únicos que han ganado son los organizadores del festival que venden los discos de estos rockeros, y el gobierno que desvió la atención del fracaso de sus reformas armando una alharaca; en definitiva, “parece que, en esta pasada, se impuso (nuevamente) la derecha y el mercado”.

Podría seguir con otros ejemplos, pero volvamos atrás. ¿Por qué en dictadura se podía decir cualquier cosa de este tipo y hoy también? Se me ocurren varias respuestas. Porque la elocuencia de la desfachatez es directamente proporcional a la del público específico al que se le habla. Porque entonces, como ahora, se gobierna (en Chile siempre se sabe gobernar), pero entre tanta evasiva, lo que no se sabe es discutir. Otra alternativa: siendo un país “cuequero”, las parejas que salen a la pista de baile se separan y regresan, giran y cambian de lado, hasta, por último, rematar al centro, aunque sin lógica aparente. “Ay, sí, Ay, no/ confuso lo quiero yo”.

/Escrito por Alfredo Jocelyn Holt para La Tercera