El día jueves 4 abril La Tercera PM publicó que según cifras de la Superintendencia de Salud, siete de las 13 Isapres abiertas registraron ganancias por más de 60 mil millones de pesos. Entre los años 2017 y 2018, el incremento en las utilidades alcanzó 91 por ciento entre las mismas compañías. Esta información aparecía la misma semana en que el Servicio de Impuestos Internos intentaba explicar una situación absurda para la que ninguna autoridad tenía una explicación clara: miles de contribuyentes independientes que destinaban mes a mes un porcentaje de sus ingresos para pagar la Isapre, eran informados que las aseguradoras recibirían parte de su devolución de impuestos. Es decir, las Isapres se quedarían con un dinero que no les correspondía, un monto extra al que el contribuyente ya pagaba. Esto ocurriría gracias a una ley que no contaba con un reglamento. ¿La solución? Que cada una de las personas afectadas acudiera a la Isapre correspondiente. Elige vivir caro, es el mensaje. Las autoridades en una coreografía perfecta, sólo se encogían de hombros. Una ley cuyo espíritu aparente era lograr que trabajadores autónomos que no tenían seguro de salud lo pagaran a la fuerza, acabó transformándose en una fórmula de despojo legal y en una fuente de recursos frescos para empresas blindadas frente a cualquier cuestionamiento.

Pocas horas más tarde las Isapres anunciaron, además, que el costo de sus planes se elevará como nunca antes debido a razones que sólo sus directivos parecen entender. ¿Cuál es la respuesta del gobierno? Nuevamente una coregrafía de rostros ensayando gestos de preocupación frente a lo inevitable. Al alza desmedida se agregaba el retraso de dos años en la norma que obliga a las aseguradoras a bajar el precio de los planes de afiliados. En un movimiento de última hora la superintendencia revocó ese plazo de gracia a las Isapres, una postergación que nadie se esperaba y que parecía una burla para los usuarios. Lo que no cambia es que todo seguirá cuesta arriba para el ciudadano-cliente que forma parte de aquel grupo llamado “clase media”, ese segmento al que durante la campaña electoral pasada la centroderecha invocaba como a un fetiche, pero que a la hora de la verdad tiene poco que ofrecerle más allá de sembrar el miedo por la inmigración.

El actual gobierno no prometió mucho: tiempos mejores, lo que en su lenguaje quería decir crecimiento económico. Era un discurso que pretendía apartarse del de la izquierda tachado de “populista”. A la vuelta de un año el cacareado crecimiento no ha sido tal –el último Imacec fue menor a lo esperado-, y para explicarlo usan los mismos argumentos sobre las condiciones externas que daba el gobierno anterior y que en su momento ellos desestimaban con frases rotundas. Como consuelo frente a las expectativas frustradas, hemos tenido que asistir durante meses a discusiones sobre la situación política en Venezuela como si en eso se nos fuera la vida. A cambio de las perspectivas económicas mediocres, el gobierno levantó un proyecto de detención preventiva que incluye menores de edad. Todas las instituciones relacionadas con el tema sostienen que es una medida ineficaz y peligrosa. Pero ¿qué saben los expertos? Nada. La justificación es que la gente quiere controles preventivos. Agregan que no se trata de populismo sino de “sentido común”. Sin embargo esa lógica sólo sirve cuando se trata de detener muchachos pobres. Cuando se trata de las Isapres y sus abusos sistemáticos y reiterados el discurso es otro. La “industria” de la salud tiene un trato diferente, privilegiado. Con ellos nadie enarbola la bandera del “sentido común”.

La materia prima predilecta de la llamada “industria” de las Isapres son los cuerpos, no cualquiera, sino sólo aquellos que no se enferman, no se reproducen, no sufren accidentes, ni envejecen. Organismos sin ansiedades ni depresiones. Todo lo que desborde ese ideal cae en la dimensión de la sospecha. El concepto de pre-existencia pertenece a ese universo: el de la salud como un negocio redondo. Si por mala fortuna algo se les cuela –una mujer en edad reproductiva, una persona con un mal crónico- viene la segunda estrategia: el tenis de mesa en donde el usuario es la pelota y los mesones de atención, las paletas que hacen rebotar los reclamos. Hace un par de días en las redes sociales una mujer escribía que su Isapre le rechazaba las licencias de trabajo por depresión. Era una profesional joven a la que se le había muerto una hija. Otro ejemplo me toca de cerca: Un querido amigo sabe que cada sesión de quimioterapia a la que se somete para detener el cáncer, vendrá acompañada de una exhaustiva estrategia para lograr que la Isapre responda. Cartas, documentos, apelaciones infinitas.

El sistema está diseñado como una maratón para sobrevivir. Una carrera llena de obstáculos, en un trayecto incierto con una meta que no asegura más victoria que la de lograr un poco de justicia.

/Escrito por Óscar Contardo para La Tercera