Correoso animal político como pocos, Beniamín Netanyahu agitaba el mercado de Jerusalén en la mañana de ayer en tono de salvad la patria. No con estas palabras pero sí en ese sentido al afirmar que “el gobierno de la derecha está en peligro”. Esa identificación de la derecha con el Estado de Israel es tan evidente para el primer ministro –actualmente en su cuarto mandato y con diez años consecutivos– como lo es la identificación de sí mismo con su partido, el Likud.

En esta campaña electoral, Netanyahu ha luchado como nadie y quizá lo haga hoy mismo en el último momento cuando vaya a votar a las siete de la mañana, tal como hizo en el 2015 al decir en su colegio electoral que “los árabes están yendo a votar en masa”. En efecto, la coalición de partidos palestinos israelíes fue la tercera fuerza más votada, sin mayores consecuencias, finalmente. Y Netanyahu ganó.

Netanyahu es un maestro del “o yo o el caos”. Y lo que se ha estado debatiendo en una campaña electoral agria, que muchos califican directamente de “sucia”, es si Bibi –como lo llaman coloquialmente– continúa o se va. Los últimos sondeos daban a su principal oponente una ventaja de tres o cuatro escaños en el Parlamento israelí, la Knesset, pero una vez más las encuestas podrían demostrar que sirven de poco.

El rival de Netanyahu, que teóricamente se llevaría más votos, es un elefante blanco que mide 1,95 y que, también teóricamente, es más presentable que un primer ministro protagonista de varios casos de corrupción. Benny Gantz, general retirado, jefe de Estado Mayor en las dos últimas campañas en Gaza (2012 y 2014) encabeza una coalición llamada Blanco y Azul (por los colores de la bandera israelí) en la que está asociado con el centrista Yair Lapid y en la que figuran otros dos generales del más alto rango, Moshe Yalon, exministro de Defensa, y Gabi Ashkenazi, exjefe del Ejército. Teniendo en cuenta que los generales metidos en política conmueven hasta las entrañas en este militarizado país, Netanyahu tiene motivos para temblar.

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