Somos “de Ripley”, no por la multitienda, sino por la serie americana ¡Aunque Ud. no lo crea! Y cómo no, si este año cambiaremos la totalidad de las autoridades políticas, situación que no ha ocurrido antes en nuestra historia. Sin embargo, la calma impera en el ambiente, pasamos del estallido a la pandemia, y ahora al “modo vacaciones” como si nada pasara.

Estamos a horas de conocer quiénes postularán a alcaldes, concejales, gobernadores, constituyentes y, en pocos meses (noviembre), quien será el próximo presidente, con lo cual habremos participado en un total cambio del “equipo político” y de las reglas del juego que regulan nuestra vida ciudadana.

Estamos frente a una incertidumbre de proporciones, no sólo porque está en juego el mapa político nacional, sino porque además no se sabe qué va a pasar con el actual ordenamiento institucional… La razón es simple: si bien todos los cargos de elección popular son importantes, en esta oportunidad cobra especial importancia quienes serán electos constituyentes, porque ellos pasarán a tener un protagonismo no antes conocido.

A través de un plebiscito se definió que, mediante una asamblea constituyente, había que “construir una nueva constitución”, y lo que vamos a hacer en abril es elegir a quienes la edificarán. Es decir, tenemos el andamiaje (la asamblea) y luego tendremos los artesanos (los constituyentes), pero no sabemos qué va a resultar de esta aventura política, pudiendo resultar… “una catedral o un burdel”.

De allí la importancia de concentrar todos los esfuerzos en elegir constituyentes que sepan que su responsabilidad es “construir” una institucionalidad cuyos pilares sean los propios de la “Sociedad Libre”. Toda otra construcción -corporativista, socialdemócrata, socialista, o cualquiera versión estatista- hará al hombre dependiente de un estado benefactor, lo que lo mantendrá encadenado a la generosidad de los políticos de turno y nunca será verdaderamente libre.

El oráculo político nos dice que habrá dimes y diretes, aumentará la polarización, se exacerbarán las pasiones, pero una vez elegidos los Constituyentes vendrán días -pocos- de paz social donde todos declararán sus “buenas intenciones” y luego… la agitación.

Debo dejar registro que un contertulio siempre muy activista me rebatió con reconocida elocuencia advirtiendo que habrá ajustes, “algunos que son necesarios”, pero que nada grave pasará y, parafraseando al Conde de Lampedusa agregó… “cambiaremos, pero seguiremos siendo los mismos… ¡che será, será!” (lo que será será) …

Con marcada ironía le recordé a mi interlocutor la historia de la Revolución Francesa (1789), donde uno de los principales -y más elocuente- activista de la Asamblea Nacional Constituyente, fue el Conde de Mirabeau quien, después de un tiempo y decepcionado de la Revolución, fue víctima de lo que reemplazó a la primera ilusión: el Terror.

Queda poco tiempo; vivimos momentos donde la pasividad no es ninguna virtud y donde la indiferencia política genera una enfermedad de alta peligrosidad llamada “anemia política”, cuyos síntomas incluyen… fatiga complaciente, aturdimiento, mareos, para finalmente, cuando ya pareciera que no hay remedio, se sufre un ritmo cardíaco… del terror.

*Anemia Política*
Cristián Labbé Galilea

Somos “de Ripley”, no por la multitienda, sino por la serie americana ¡Aunque Ud. no lo crea! Y cómo no, si este año cambiaremos la totalidad de las autoridades políticas, situación que no ha ocurrido antes en nuestra historia. Sin embargo, la calma impera en el ambiente, pasamos del estallido a la pandemia, y ahora al “modo vacaciones” como si nada pasara.

Estamos a horas de conocer quiénes postularán a alcaldes, concejales, gobernadores, constituyentes y, en pocos meses (noviembre), quien será el próximo presidente, con lo cual habremos participado en un total cambio del “equipo político” y de las reglas del juego que regulan nuestra vida ciudadana.

Estamos frente a una incertidumbre de proporciones, no sólo porque está en juego el mapa político nacional, sino porque además no se sabe qué va a pasar con el actual ordenamiento institucional… La razón es simple: si bien todos los cargos de elección popular son importantes, en esta oportunidad cobra especial importancia quienes serán electos constituyentes, porque ellos pasarán a tener un protagonismo no antes conocido.

A través de un plebiscito se definió que, mediante una asamblea constituyente, había que “construir una nueva constitución”, y lo que vamos a hacer en abril es elegir a quienes la edificarán. Es decir, tenemos el andamiaje (la asamblea) y luego tendremos los artesanos (los constituyentes), pero no sabemos qué va a resultar de esta aventura política, pudiendo resultar… “una catedral o un burdel”.

De allí la importancia de concentrar todos los esfuerzos en elegir constituyentes que sepan que su responsabilidad es “construir” una institucionalidad cuyos pilares sean los propios de la “Sociedad Libre”. Toda otra construcción -corporativista, socialdemócrata, socialista, o cualquiera versión estatista- hará al hombre dependiente de un estado benefactor, lo que lo mantendrá encadenado a la generosidad de los políticos de turno y nunca será verdaderamente libre.

El oráculo político nos dice que habrá dimes y diretes, aumentará la polarización, se exacerbarán las pasiones, pero una vez elegidos los Constituyentes vendrán días -pocos- de paz social donde todos declararán sus “buenas intenciones” y luego… la agitación.

Debo dejar registro que un contertulio siempre muy activista me rebatió con reconocida elocuencia advirtiendo que habrá ajustes, “algunos que son necesarios”, pero que nada grave pasará y, parafraseando al Conde de Lampedusa agregó… “cambiaremos, pero seguiremos siendo los mismos… ¡che será, será!” (lo que será será) …

Con marcada ironía le recordé a mi interlocutor la historia de la Revolución Francesa (1789), donde uno de los principales -y más elocuente- activista de la Asamblea Nacional Constituyente, fue el Conde de Mirabeau quien, después de un tiempo y decepcionado de la Revolución, fue víctima de lo que reemplazó a la primera ilusión: el Terror.

Queda poco tiempo; vivimos momentos donde la pasividad no es ninguna virtud y donde la indiferencia política genera una enfermedad de alta peligrosidad llamada “anemia política”, cuyos síntomas incluyen… fatiga complaciente, aturdimiento, mareos, para finalmente, cuando ya pareciera que no hay remedio, se sufre un ritmo cardíaco… del terror.

Por Cristián Labbé Galilea

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