Se aprobó la idea de legislar del proyecto de modernización tributaria, gracias al voto favorable de los dos diputados de la DC que integran la Comisión de Hacienda, apoyo que ocurrió mediante un acuerdo institucional con el gobierno. Dicho en lenguaje político coloquial: no hubo “pirquineo”; esta es la razón por la cual el resto de los partidos de oposición reaccionaron duramente y declararon que las confianzas se habían dañado gravemente.

¿Hay verdaderamente un cambio en el mapa político? Definitivamente, no. Los demócrata cristianos siguen reconociendo domicilio en la oposición y continúan expresando su rechazo al corazón de la reforma, que es la reintegración. Pero dieron una señal, marcaron un punto que, en sí mismo, es muy valioso: mostraron su voluntad de romper con la atracción gravitacional que el Frente Amplio le provoca a la izquierda.

Por eso, si alguien interpreta la conducta de Fuad Chahin como un guiño al gobierno se equivoca. Lo que hubo fue una verdadera declaración de identidad, que hace rato le venía haciendo falta a su partido. Esa identidad tiene que ver con tres cuestiones fundamentales: apertura a los acuerdos con la administración de Sebastián Piñera, libertad para actuar separado del resto de la oposición, y decisión de volver a hablarle al electorado concertacionista.

Carentes de renovación, perdida la fe en el ideario socialdemócrata e incapaces de reivindicar la transición que encabezaron, los partidos tradicionales de centroizquierda han ido perdiendo identidad, así como capacidad de liderar un proyecto propio. El Frente Amplio, con su discurso tan odioso como populista contra los llamados súper ricos, con su carencia generalizada de rigor técnico y su proyecto que combina la rebeldía acunada en el bienestar del capitalismo con lirismos antisistémicos, tiene a gran parte de la Nueva Mayoría afectada de una suerte de regresión tardía a su adolescencia ideológica.

Pero lo de la DC es solo un primer paso, nada más ni, por cierto, nada menos. Tengo la convicción que será incapaz de llegar a un punto de equilibrio permanente que haga viable lo fundamental de la reforma tributaria. Su sino ha sido el caminar zigzagueante entre su esencia conservadora y su cultura de élite culposa, que siempre seguirá la máxima de Radomiro Tomic: “cuando se gana con la derecha, es la derecha la que gana”. Obligada a elegir entre crecimiento y redistribución sucumbirá al vértigo redistributivo, junto con decirnos que no es necesario elegir.

Haber rechazado la idea de legislar habría sido dispararle un misil a la gobernabilidad del país, polarizando aún más el sistema político. Por eso, lo que hizo el miércoles no es poco. Pero, seamos realistas, tampoco es mucho más.

/Escrito por Gonzalo Cordero para La Tercera