La política en estos días no parece preocuparse mayormente por el crecimiento económico, embriagada como está por la seguidilla de elecciones que asoma en el horizonte inmediato de 2021, comenzando por las de convencionales en abril próximo. El tema se ha ido confinando en los espacios más reducidos de los economistas y en su ámbito natural, el del Ministerio de Hacienda, donde el ministro Briones no pierde oportunidad de proclamar los enormes desafíos que enfrenta el país en esta materia.

Pero brillan por su ausencia pronunciamientos -ni que decir propuestas- de políticos de fuste sobre nuestra estrategia de desarrollo, en la que el crecimiento económico ocupa un lugar central. Ninguno ha sido capaz de sacudirse de la narrativa dominante surgida del estallido social -la del abuso y la desigualdad-, reforzada por la pandemia, que paradójicamente los lleva a poner la mirada en el corto plazo para dar solución a problemas que requieren una mirada estratégica de largo aliento. Esa despreocupación, deliberada o forzada por el ambiente electoral que se avecina, puede tener severas repercusiones para el futuro de los chilenos.

A decir verdad, desde hace ya un tiempo largo que la mayoría de los partidos políticos chilenos se han ido vaciando a sí mismos de una estrategia de desarrollo para proponerle al país. En ese contexto, el crecimiento económico como objetivo político ha perdido atractivo y referirse a él se ha transformado en un “tecnicismo” (“economicismo” es la palabra preferida), cuando no en una categoría que refiere a una preocupación de los sectores de derecha, con la que el progresismo y la izquierda ya no se identifican. Pero todos saben, incluso ellos, que sin inversión no hay crecimiento, y sin crecimiento no hay desarrollo ni progreso social. En el período poscovid -que ya se avecina- y luego en el que comenzará a regir una nueva Constitución, el crecimiento sostenido y sostenible será tanto o más indispensable que lo que fue para reducir la pobreza a partir de los años noventa en Chile. Esta vez para evadir la trampa de los países de ingresos medios, cuyos contornos ya se divisan en nuestro camino al desarrollo.

En palabras del economista Jorge Marshall “la estrategia de desarrollo que siguió Chile desde mediados de los años 80 quedó atrasada respecto a los cambios en el entorno externo, lo que tenderá a acentuarse en el escenario poscovid”. Si ese atraso conduce a un crecimiento débil a lo largo de la década que comienza, con toda probabilidad el sistema político lo compensará con mayor endeudamiento –de hecho, es lo que se ha venido haciendo en los últimos años–. Una combinación de bajo crecimiento y déficit fiscal financiado a través de ahorro externo podría llevar la razón de la deuda con relación al PIB a los niveles que ponen a los países en serios aprietos macroeconómicos, algo que las generaciones actuales no han conocido ni de cerca, pero que son de frecuente ocurrencia en la región. Sin crecimiento y con una deuda creciente por pagar, a fines de esta década podríamos vernos enfrentados a encrucijadas impensables para generaciones enteras de chilenos.

A menos que un inesperado superciclo del cobre, que no puede darse por seguro, venga en nuestro auxilio. Más nos vale apostar decididamente por el crecimiento. Pero es altamente improbable que la política, concentrada en la seguidilla de elecciones que repletan su agenda durante el año en curso, se haga cargo de semejante desafío, quizás el más importante para el futuro próximo de los chilenos. Impulsar el crecimiento económico es una tarea formidable para cualquier país emergente, en tanto requiere liderazgos políticos de primer nivel y un amplio consenso respecto a su importancia para alcanzar el pleno desarrollo, justo lo que escasea en Chile en los tiempos que corren.

Por Claudio Hohmann, ingeniero civil, ex ministro de Estado, para ellibero.cl

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