M odesto Molina era peruano y su país estaba en guerra con Chile. Pero reconoció el valor del capitán Arturo Prat y de sus hombres, cuando hace 137 años escribió una crónica sobre el combate naval de Iquique.

“Se trabó un combate recio por nuestra parte, y desesperado por la del enemigo, que ha demostrado un heroísmo espartano”, admite en su artículo, fechado el mismo 21 de mayo de 1879, en el entonces puerto peruano y hoy capital de la Región de Tarapacá.

“El comandante Prat de la Esmeralda saltó, revólver en mano, sobre la cubierta del Huáscar gritando: ¡Al abordaje muchachos!”, consigna Molina (1844-1925) sobre el instante cúlmine de aquel combate, en la nota que redactó para El Comercio de Iquique, diario que él mismo había fundado.

La crónica del periodista peruano, que incluye además detalles sobre el enfrentamiento de la Covadonga y la Independencia en Punta Gruesa, forma parte de la amplia cobertura que El Mercurio del Vapor hizo de ambas acciones bélicas, en su edición del 31 de mayo de 1879. Solo diez días después de los combates, cuando el telégrafo con el norte estaba interrumpido y buena parte de las comunicaciones se hacían aún por vía marítima.

Periódico de alcance internacional

El Mercurio del Vapor -“revista política y de comercio en español e inglés”, según propia definición- fue un periódico que circuló entre 1848 y 1880. Era un suplemento del diario “El Mercurio” y se distribuía a bordo de los grandes barcos que recalaban en Valparaíso, antes de seguir viaje a otros países, lo que en la práctica le daba un alcance internacional (ver relacionado).

La publicación dedicó cuatro páginas a la cobertura de los dos combates navales, así como al fervor popular que los hechos de Iquique y Punta Gruesa generaron en Santiago, Valparaíso y otras ciudades. Difusión que reforzó el entusiasmo de la ciudadanía frente al conflicto con Perú y Bolivia (ver relacionado).

Cuatro mil líneas de información

Junto con la crónica de Modesto Molina, que el periódico presenta como la “versión peruana” de los combates, la publicación incluye otra detallada narración desde la perspectiva chilena. Entre ambos relatos hay múltiples coincidencias, pero también algunos disensos.

La edición incluye, además, notas sobre multitudinarios ” meetings ” patrióticos, colectas organizadas para levantar monumentos en memoria de los caídos y hasta un poema en honor del “héroe de la Esmeralda” y de sus “dignos compañeros”, entre otras informaciones.

A todo lo ancho de la página y en más de cuatro mil líneas de texto, compuestas tipo a tipo en una imprenta, los despachos de El Mercurio del Vapor recobran actualidad, a las puertas de un nuevo 21 de mayo.

La publicación difundió en ediciones posteriores múltiples noticias sobre la marcha del conflicto. Algunas de ellas despachadas por Eloy Temístocles Caviedes (1849-1902), periodista de “El Mercurio”, considerado el primer corresponsal de guerra chileno.

Prat respondió “a cañonazos”

Tanto el relato chileno como el peruano concuerdan en que Prat guió a la Esmeralda junto a la costa de Iquique, para desincentivar el cañoneo del Huáscar. Ello, bajo la premisa de que los peruanos evitarían disparar sobre su puerto.

“Una vez que el monitor peruano se encontró a tiro de cañón con la Esmeralda, el almirante (Miguel) Grau le intimó rendición, contestándole Prat a cañonazos”, se lee en la versión nacional. El relato peruano ahonda sobre el punto, al consignar que el buque chileno “sostenía el fuego con un tesón admirable”.

“Cedamos la palabra a la prensa enemiga…”

La inclusión de la crónica redactada por Modesto Molina está antecedida por una nota de la redacción de “El Mercurio” que, de modo implícito, apunta al deseo de entregar un relato ecuánime: “Se nos permitirá sí, que a este respecto (los dos combates) cedamos la palabra a la prensa enemiga de Chile, la de los mismos peruanos. Dice El Comercio de Iquique, uno de los diarios que más nos ha insultado…”.

Como sea, las dos narraciones consignan que mientras se batía con el Huáscar, el navío de Prat recibía desde tierra fuego peruano. “El cual contestó la corbeta con una andanada y con tiros de fusilería tan sostenidos, que parecían los de dos ejércitos”, según detalla Molina.

Grau “desesperado”

La narración chilena consigna que las dos embarcaciones se batieron por cuatro horas y cuarenta minutos. Refriega en que el monitor peruano “nada sufría, a pesar de los certeros tiros de la Esmeralda, pues su coraza era invulnerable”.

La corbeta chilena, en cambio, estaba maltrecha. Pero Prat y su gente continuaban luchando con la bandera al tope, lo que precipitó el desenlace del combate.

“Desesperado Grau con la resistencia de nuestro buque, se lanzó con toda fuerza contra él, dándole un enorme espolonazo”, anota la versión redactada en Valparaíso. Instante que Modesto Molina califica como “el momento supremo”.

Antes de que el Huáscar embistiera a la embarcación chilena, Grau pensó que Prat cejaría. “Al habla ambos buques, intimó rendición a la Esmeralda, pero el jefe de la corbeta chilena se negó a arriar su bandera”, reconoce el cronista peruano.

“La Esmeralda se hundía al grito de ¡Viva Chile!”

La suerte de la embarcación chilena quedó sellada luego de recibir tres espolonazos. Entonces, el navío empezó a desaparecer bajo las aguas.

Las dos narraciones se detienen aquí. Y ambas concuerdan en que la resistencia de los hombres de Prat se mantuvo hasta el último minuto.

“La Esmeralda se hundía para siempre al grito de ¡Viva Chile!, lanzado por los tripulantes que no habían muerto en el combate”, se lee en la crónica despachada en Valparaíso.

El relato peruano es coincidente, pero agrega un detalle: “Al hundirse la Esmeralda, un cañón de popa hizo el último disparo, dando la tripulación vivas a Chile”. Más adelante, consigna un hecho cargado de simbolismo: “El pabellón chileno fue el último que halló tumba en el mar”.

Ingleses recordaron “tiempos de Nelson”

La muerte de Prat a bordo del Huáscar aparece también en las dos versiones: en ambas se especifica que falleció como consecuencia de lesiones de bala en la cabeza.

El combate fue observado desde la distancia, entre otros, por los tripulantes de un barco inglés, el Turquoise. “(Ellos) dicen que desde los tiempos de Nelson (el legendario almirante británico) no ha presenciado el mundo un hecho parecido al de la Esmeralda”, subraya la nota redactada en Valparaíso.

El “desaliento” peruano en Punta Gruesa

En las dos versiones, los cronistas intercalan los detalles de Iquique con lo ocurrido simultáneamente en Punta Gruesa, unos kilómetros al sur, donde se batieron la fragata blindada peruana Independencia con la cañonera chilena Covadonga.

Los dos navíos habían combatido previamente en Iquique, pero la lucha cambió de escenario cuando la Covadonga, al mando de Carlos Condell, enfiló al sur, seguida por los peruanos.

A la altura de Punta Gruesa, la escaramuza se resolvió en favor de Chile. “Preocupado de perseguir a la Covadonga (el comandante peruano) no cuidaba al mismo tiempo de dirigir su buque, el que no encontrando fondo suficiente, varó”.

La narración de Modesto Molina es muy semejante: “Desgraciadamente, el blindado chocó por un costado en una roca, abriéndolo e inclinándolo de ese lado. En el acto se esparció el desaliento y la confusión (entre los peruanos)”.

Encallada la Independencia, la Covadonga la cañoneó antes de seguir a Antofagasta.

“Falso” que la Covadonga atacara a náufragos

En esta parte, la crónica peruana acusa a los chilenos de haber disparado sobre los marineros de la Independencia, cuando, ya fuera de combate, evacuaban la fragata. Pero la imputación la despeja El Mercurio del Vapor: “Haremos una sola rectificación. Es completamente falso que la Covadonga disparara sobre la Independencia después de rendida”.

La publicación va un paso más allá y contrasta el desenlace de los dos combates: “Mientras la vieja Esmeralda luchaba hasta hundirse, la blindada Independencia arriaba su bandera frente a la Covadonga. ¡Y todavía nos hablarán de valor y dignidad los marinos del Perú!”.

La admiración frente a Prat y sus marinos aparece de modo recurrente. Como cuando se transcribe una carta del vicecónsul inglés en Iquique, Maurice Jewell, fechada dos días después de los combates: “Su nombre era Prat, uno de los hombres más simpáticos que he conocido. Si un hombre ha merecido una estatua por su valor, Prat la merece”, reflexiona el británico.

“Entusiasmo del pueblo rayó en la locura”

En aquel número 591 del Mercurio del Vapor, ocupan igualmente varias columnas los relatos acerca del modo en que las novedades del norte fueron recibidas en Santiago y en Valparaíso.

Conforme a las crónicas, un mismo escenario se replicó en las dos ciudades: “El entusiasmo del pueblo rayó en la locura”.

Se alude así a que en ambos lugares los templos echaron sus campanas al vuelo. Y las personas, sin distingo de posiciones sociales, coparon plazas y calles. Sea “vivando a Chile” o cantando, tanto el Himno Nacional como la Canción de Yungay.

En Valparaíso, los porteños descendieron de los cerros al oír los campanazos en las iglesias San Francisco y La Matriz: “Era de ver cómo bajaban por millares”.

En la plaza de la Intendencia (hoy Sotomayor) hubo un acto multitudinario el 24 de mayo, en el que distintos oradores hablaron “poseídos de este entusiasta amor a la patria que es innato a todo chileno”.

Los santiaguinos, en tanto, ante las noticias llegadas desde el norte, se reunieron en La Moneda y en la Plaza de Armas: “Solo hubo un grito anónimo de ¡Victoria! Pero un grito inmenso, atronador, como que salía de todos los pechos”, resume un cronista.

Hasta el cañón del Santa Lucía se disparó en señal de homenaje, cuando el fervor alcanzó un virtual clímax: “Nos llamó la atención un hijo del pueblo, quien dijo que si necesitaban su pellejo -literal- (para operar la pieza de artillería), lo daría sin el menor sentimiento”.

Vicuña Mackenna: “¡A las armas, chilenos!”

A los pies de un monumento a O’Higgins, en tanto, los santiaguinos oyeron inflamadas alocuciones patrióticas. Una de ellas la pronunció el ex intendente y entonces legislador Benjamín Vicuña Mackenna: “Quisiera que un tímpano de bronce se anidara en mi garganta para que mi voz fuera oída, como la campana de una gran nación que corre en tropel a la batalla”, dijo al comienzo de su discurso.

Que culminó con un llamado explícito para que el auditorio se alistara y marchara al norte: “¡A las armas, chilenos. A las armas en la ciudad y en la aldea. En el palacio y en la choza. A las armas, a las armas!”.

Era mayo de 1879. Y la Guerra del Pacífico, que se prolongaría hasta 1883, recién comenzaba.

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