“Los viejos decálogos han muerto”, ese es el título del documento que escribió Óscar Guillermo Garretón la semana pasada luego de que algunos dirigentes de su partido, el PS, le pidieran realizar una reflexión sobre la crisis del socialismo.

El economista, fundador del Mapu, y ex subsecretario de Economía en el gobierno de Salvador Allende, demoró solo dos días -justo cuando el partido se dividía por los resultados de la elección interna- en escribir el texto de 14 páginas. En éste aborda la historia de su sector, “los fracasos de la izquierda” y hace un llamado a “matar el orden establecido socialista para construirle un futuro al socialismo”.

“Existe una degradación de la izquierda producto de sus visiones y prácticas desde el siglo XX en adelante y su manifiesta incapacidad para pensar y asumir el cambio de dimensiones planetarias, políticas, económicas, científico-técnicas y culturales del siglo XXI”, dice al principio. Adjunta, además, una severa crítica a la Nueva Mayoría tras el fracaso electoral de 2017.

En esta entrevista, repasa los puntos clave del documento y hace un llamado al PS para que promueva una discusión política que, según él, ha quedado congelada “arguyendo la necesidad de defender el gobierno de Michelle Bachelet”.

La tesis de su documento se podría resumir en que la concepción de que lo que se entendía ser socialista se agotó y hay que repensar un futuro para ese sector. ¿Qué debe hacer el PS chileno para acomodarse a los nuevos tiempos?

No sé si el PS va a tener capacidad para adecuarse a la nueva realidad del mundo. Lo que tengo claro es que lo que ha sido el socialismo ya no sirve, por eso hablo del agotamiento para lo que hoy día hay. Si eso se va a llamar socialismo o de otra manera, no lo sé. Lo único que he tratado de hacer es un diagnóstico de cómo se fue produciendo una deriva del mundo socialista desde un comienzo muy diverso a esta fijación más autoritaria y estatista. Eso, en el mundo de hoy no tiene ningún sentido.

¿Y en el caso del PS chileno?

Es un tema en discusión. No sé lo que estará pensando la gente de la directiva y espero que vean qué harán con esto, con un historial de crisis que es real.

En ese sentido, cuesta ver hoy cómo se diferenciará el PS de las ideas que ha comenzado a defender el Frente Amplio, por ejemplo…

Sí, el PS que a mí me interpreta, que fue el PS de la renovación socialista, no tiene nada que ver con el Frente Amplio. Y uno de los problemas ahora es esa especie de atracción fatal que a algunos les provoca el Frente Amplio que lo encuentro muy poco consistente, muy poco coherente, y en un nivel de ortodoxia que es bastante contradictoria con la edad de muchos de sus dirigentes. Esa atracción fatal es una renuncia a las lecciones tomadas de su historia por el PS y una atracción que en mi opinión lo va deslizando hacia un rincón del escenario político a partir del cual es imposible gobernar algo. Porque nunca en esas condiciones van a ser mayoría.

Pero Beatriz Sánchez logró un 20% en la primera vuelta presidencial y en las encuestas sigue siendo nombrada en los primeros lugares como candidata…

Sí, pero dentro de todo, la coalición más valorada es la derecha. Y la ilusión de que sumado el Frente Amplio con la Nueva Mayoría hacen una mayoría clara, ya la vivimos con Alejandro Guillier. Al final, la gallada no está votando izquierda versus derecha, está votando discontinuidad versus continuidad y muchos de los votos que en primera vuelta fueron a Sánchez después en segunda vuelta votaron por Piñera.

En su documento, usted escribe sobre el gobierno de Michelle Bachelet: “Su real ‘legado político’ fue entregar el gobierno a la derecha, ayudar a generar una nueva izquierda más radical por el flanco izquierdo de la tradicional, provocar el fin de la centroizquierda como coalición, una imagen de corrupción y abuso fiscal”. ¿Fue solo derrota lo que dejó ese gobierno?

Si fuera la única vez que ha gobernado la centroizquierda, podría decirse que es derrota de la centroizquierda. Pero cuando ésta tuvo otras experiencias muy exitosas, la derrota es de una particular forma de gobernar como centroizquierda y tiene que ver con las lógicas políticas de la Nueva Mayoría. En ella, aparte de desechar, como digo en el documento, las lógicas exitosas de la renovación socialista, creo que también pesó la presencia del PC, que no podía tolerar continuidades con la obra previa de la centroizquierda. Para ellos, la transición como se dio y el éxito de la Concertación presentan el más vivo testimonio del fracaso de su línea política en ese entonces. No son continuadores, sino detractores de la centroizquierda de ese tiempo.

¿Cree que los dirigentes actuales del PS no reconocen eso?

Me cuesta creer que realmente crean su discurso sobre el gobierno de Bachelet. Es demasiado evidente la ruptura entre ciudadanía y Nueva Mayoría. Basta ver encuestas donde se evalúan las coaliciones. Creo que lo explican mejor varios temores. Uno de ellos, no el único, fue el temor a reconocer los errores y tener que dar cuenta de ellos como dirección. Es un problema. La ciudadanía es cada vez más culta y comulga menos con ruedas de carreta. Negar la realidad no la hace invisible, sino que desprestigia a quien intenta negarla.

“Tengo diferencias con Elizalde por defender un legado de una gran derrota”

En ese sentido, ¿qué le parece la figura de Álvaro Elizalde, recientemente reelegido presidente del PS? En su momento, fue muy criticado porque le tocó administrar el partido cuando se dejó afuera como candidato presidencial al ex Presidente Ricardo Lagos.

En general me he metido en la discusión de ideas y entrar en la discusión personal que ha sido tan llena de descalificaciones en el PS no me gusta porque me sitúa en un escenario que me incomoda. Por supuesto que tengo diferencias con Elizalde por lo que pasó con Lagos, cosa que consideré un error garrafal y también por el hecho de defender un legado de una gran derrota que tuvimos.

¿Cree que ha propiciado esa discusión de ideas que usted promueve?

Creo que no lo ha estado haciendo. Al final, si rechazas discutir cualquier cosa que no sea el aplauso al legado del gobierno de Bachelet cuando la sociedad completa lo está criticando, o mayoritariamente, termina privando al PS de la posibilidad de comunicarse con su sociedad.

¿El legado de Bachelet sigue molestando a la ex Nueva Mayoría?

No es un problema de ella, aquí hubo un grupo de partidos que por el hecho de querer volver al gobierno, ni pensaron el programa, ni se pusieron de acuerdo y cuando llegaron las primeras dificultades se mostró que no tenían un proyecto común, una lógica común para enfrentar la realidad del país. Entonces ahí comenzó la improvisación, los errores, desacuerdos internos y tensiones que fue la historia que vivimos. No hacer la discusión sobre las características de ese periodo no es algo que fortalezca a la izquierda, al revés, la debilita.

Mercado y clientelismo

En su documento nombra como un punto clave el hecho de que hay que regular los partidos políticos para asegurar una democratización, una apertura
para combatir el clientelismo. ¿El PS cayó en eso en el último tiempo?

Tengo la impresión de que todo el cuadro político ha caído en una situación de clientelismo y en lo cual hay determinados hitos que han sido decisivos. Antes se entraba a militar en un partido por las ideas pero eso ya es algo que está bastante ausente en prácticamente todos los partidos. Y han habido procesos, que sin pensarlo que iba a ser así, han provocado un efecto muy distorsionador. El más grave de todos para mí fue el refichaje porque ahí los partidos pasaron a tener dueños. Los grandes refichadores no fueron los que reclutaban gente por las ideas que planteaban, sino que lo hacían por clientela.

También plantea que el mercado sigue siendo incómodo para la izquierda. ¿A qué se refiere?

Tengo la impresión de que parte de las cosas que tiene que revisar la izquierda es esa porque el mercado ha existido, existe y existirá más aún cuando en el siglo XX se zanjó una discusión sobre cuál economía era mejor: si la economía de mercado, que era la tesis capitalista, o la economía de planificación central, que era la tesis comunista. Bueno, la segunda se cayó sola, no hubo que botarla. Seguir en esa discusión cuando además la dinámica de la humanidad es el trabajo, el conocimiento y la innovación humana, la verdad es que no tiene mucho sentido. No es ser consecuente seguir defendiendo una economía estatal, es estar pegado en un pasado que ya no existe.

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