UNA PALABRA recurrente en las doctrinas de izquierda es la búsqueda de un país más solidario. Por cierto encomiable, pero requiere reflexionar un poco sobre lo qué es realmente la solidaridad. De otra manera es solo un slogan más del populismo. Por cierto me encanta la solidaridad como valor. La pregunta es cómo se puede lograr.

La solidaridad en la izquierda se define básicamente cómo subir los impuestos y que el gobierno de turno administre esas platas “solidariamente”. Significa, en su pensamiento, que los más ricos ayuden a los más pobres vía impuestos obligatorios, administrados por una burocracia que curiosamente siempre es creciente. Unos 150.000 nuevos empleados ha contratado este gobierno para administrar esa solidaridad. Se siguen creando instituciones estatales, jamás desaparecen las obsoletas. Entonces, hasta ahí no más llegan los recursos, y no alcanzan a llegar al pobre. Las extrañas jubilaciones discrecionales son la solidaridad en los hechos. El Sename es la expresión concreta de esa solidaridad y así podemos seguir.

La real solidaridad es, por ejemplo, lo que ocurre espontáneamente en las emergencias, es ayuda entre los ciudadanos de manera directa o a través de instituciones civiles que agrupan esfuerzos. Desafío Chile, el Hogar de Cristo, la Teletón que son ejemplos claros de solidaridad fidedigna.

La solidaridad no es lo mismo que caridad, menos lo es un sistema en que las personas dependen del Estado para siempre. La solidaridad, en definitiva, es una expresión del alma, aunque curiosamente la izquierda no acepta el concepto espiritual. La solidaridad no debe ser producto de la culpa, sino del amor en su sentido profundo. Aquí aparece el altruismo, la consciencia colectiva. La solidaridad requiere compromiso, y sobre todo la pureza de intención. En los hechos, la izquierda trata siempre de establecerse de manera indefinida en el poder ofreciendo la solidaridad o recursos de distintas maneras. Por cierto, duran hasta que se acaban los recursos, o se mantienen en el poder con feroces represiones. ¿Es solidario dar educación gratuita pero de peor calidad?

No existe entonces la solidaridad por decreto, u obligada como lo propone la izquierda. Ésta solo se logra con cambios profundos de la cultura, con tolerancia, amistad cívica, respeto, y por cierto, valores trascendentales. La izquierda, sin embargo, cree en la lucha de clases, en avanzar sin transar, y que una vez alcanzada la dictadura popular, engendrará un “hombre nuevo” que sí es solidario. La pregunta obvia es quién engendraría ese nuevo ser humano. ¿El hombre malo anterior?

La solidaridad es un acto (no una idea) mediante el cual personas realizan acciones en beneficio de otro sin recibir nada a cambio. La solidaridad entonces no puede ser de los gobiernos, que reciben no solo remuneraciones y privilegios, sino que votos a cambio. La solidaridad debe ser fundamentalmente una expresión de la sociedad civil y eso es lo que el Estado debe promover, incluso otorgándoles fondos complementarios. El voluntariado es solidario, y el gobierno no es precisamente un voluntariado. Hoy en promedio los empleados públicos ganan más que en el sector privado. En suma, la vía de los impuestos es una solidaridad a la fuerza lo que va contra el principio mismo.

Obviamente la magnitud de la pobreza en nuestro país es un reflejo de que los más ricos son efectivamente poco solidarios en general, ya que si lo fueran se necesitaría menos gobierno y menos burócratas que reclaman una superioridad moral que en general no tienen (“me dedico al servicio público”). Aquel que se autodeclara solidario (como la izquierda) por definición ya no lo es. Muchísimo menos si su solidaridad se ejecuta con la plata de los demás. La verdadera solidaridad es con los recursos propios, sean monetarios, objetos, servicios, o en tiempo. La solidaridad es un valor personal, es una virtud, hasta podría ser un don (lo que implica un donante y eso nos pone en el terreno espiritual). La solidaridad es colaborativa, no competitiva y reitero, no existe por decreto.

Es un tema propio de las iglesias, de las familias,y por cierto de la cultura. En Chile no hay ministerio de la cultura, sino del arte, que es una expresión de la cultura. En suma apoyo 100% la idea de una sociedad solidaria, pero no es lo que la izquierda propone y que efectivamente los más ricos practican poco. La solidaridad parte con quien está cercano, no con ideas grandilocuentes, y con los recursos propios, no de los demás.

/Columna de Sergio Melnick para el diario La Tercera

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