Juan Guaidó lo sabe. Su círculo de confianza, también. La dictadura encabezada por Nicolás Maduro intenta por todos los medios quebrar su moral. Acabarlo por todos los medios para que el presidente encargado de Venezuela se rinda y con ellos sus seguidores. Es, el joven dirigente de 35 años, la principal figura de la oposición y en quien el mundo -y su propio pueblo- depositó toda su fe.

Asesorado por sus patrones cubanos y rusos, el heredero de Hugo Chávez es consciente de que la única forma de supervivencia es conseguir más y más tiempo. El régimen de La Habana es experto en eso: golpea la moral de sus habitantes desde el inicio de la Revolución que prometió terminar con una tiranía pero terminó convirtiéndose en otra que se muestra perpetua.

A Guaidó, por momentos, pareciera pesarle cierta soledad. Gran parte de la oposición es temerosa de su estrella. Considera que su ascenso es perjudicial para las aspiraciones propias. Miserias de corto plazo. Toda una generación de políticos venezolanos que se oponen al régimen chavista desde tiempos de su fundador ve amenazado su futuro político. Absurdo: el joven dirigente de 35 años necesitará de todos los espacios para reconstruir una nación devastada.

La dictadura especula con ello e intenta minar todos los caminos del dirigente de Voluntad Popular y líder de la Asamblea Nacional. ¿Hasta qué punto aquellos veteranos batalladores de Miraflores jugarán -quizás involuntariamente- a favor de Maduro por bien propio? El usurpador del palacio gubernamental no tiene futuro. Hasta los rusos se habrían dado cuenta del precario presente del hombre que mantiene diálogos con seres que vuelan.

Otros intentan golpearlo desde los resultados. ¿Qué ha conseguido Guaidó desde que se proclamara presidente encargado de Venezuela el pasado 23 de enero? Se preguntan algunos. Es un interrogante cómodo. Difícil que la máquina represiva –ayudada por Cuba, Rusia, China e Irán– permita fácilmente ejercer la primera magistratura a un político que podría representar una amenaza para sus intereses en el país.

Más cuando el círculo íntimo del ingeniero y asambleísta está expuesto permanentemente a un jaque terminal. El régimen había elaborado un plan que tenía como objetivo detener a la madre del líder opositor, Norka Márquez. Con ello creían que podrían doblegarlo. Un disparo a su línea de flotación.

Sin embargo, de acuerdo a lo revelado por Cristopher Figuera. ex director del Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN), él los persuadió de no ir contra la mujer. “Maduro quería que se le fracturara la moral. Le manifesté en su momento que la señora estaba hospitalizada en una clínica privada de Caracas. No podía detener a una paciente oncológica”, dijo el general en una entrevista con el diario ABC.

En cambio el militar que abandonó la nación luego de la agitada madrugada del 30 de abril pasado debió ir contra Roberto Marrero, mano derecha de Guaidó. El asesor fue secuestrado por personal de inteligencia en la madrugada del jueves 21 de marzo. El abogado lejos estuvo de ser respetado en sus derechos más básicos. El hecho tuvo un relativo impacto en el presidente interino.

Tan evidente es la intención del régimen de “quebrarlo” que nunca intentaron un operativo abierto contra el joven dirigente popular aunque conozca con precisión cada uno de sus movimientos. Resulta extraño que alguien a quien la dictadura considera una amenaza que conspira contra la administración central no sea buscado día y noche por los servicios secretos y grupos parapoliciales.

Es que Maduro teme darle la excusa perfecta a aquellos que buscan una salida más violenta de Miraflores. La furia ciudadana sería incontenible si atentaran contra su vida o libertad. No ignora que un confinamiento arbitrario del líder democrático podría desatar el despliegue de una fuerza internacional en su territorio. Más de 50 países reconocen al jefe de la Asamblea Nacional como el legítimo presidente del país. Cruzaría una línea roja sin vuelta atrás.

En contraposición, lo más alto en la pirámide chavista intenta en Barbados instalar la posibilidad de convocar a elecciones. Pretenden que el autócrata continúe en el poder y ofrecen una sospechosa “salida democrática” a su contraparte enviada por Guaidó.

Claramente el patrón del estado no sería de la partida. Todos reconocen que no podría salir victorioso de una contienda en las urnas con la matanza que generó en su pueblo y los altos índices de impopularidad de los que goza. En cambio, in pectore –del régimen y de los cubanos– crece el nombre de uno de los “negociadores”: Héctor Rodríguez. El gobernador del estado de Miranda es con quien más se fantasea como posible sucesor.

Rodríguez es también una promesa joven dentro del chavismo. Puro en la religión del Socialismo del Siglo XXI pese a su edad -37 años- fue nombrado ministro del Poder Popular para el Despacho de la Presidencia por Hugo Chávez cuando contaba 26. Pero además supo reconquistar el estado que hizo propio pese a ser un bastión de la oposición. No lo hizo con buenas artes, según sus detractores, sino sobre la base de prácticas poco democráticas.

Es la carta para contrarrestar definitivamente a Guaidó. Misma generación, formación universitaria con militancia en sus aulas. ¿Quién mejor que él para reconquistar a la población mostrando un lavado de imagen? El presidente interino lo sabe. Sólo necesita del apoyo absoluto del resto de la oposición.

/psg