El Partido Socialista de Chile vive hoy una crisis total y quien quiera demostrar lo contrario, debe probarlo.

Sin candidato presidencial propio, sin unidad interna, sin vínculos estables con sus aliados, el PS es una pobre organización que, al mismo tiempo que afirma tener miles de militantes, desnuda toda su precaria vida interior, todas sus luchas fratricidas, toda su tendencia al suicidio.

No es la primera vez que le pasa, no es ninguna novedad.

Fundado en 1933 a partir de muy heterogéneas corrientes, no ha logrado nunca la mínima unidad. Sus crisis han tenido lugar década tras década. En los años 40, los socialistas se dividieron en tres oportunidades y por muy variadas razones; poco después, en los 60, Ampuero y su gente volvieron a separarse. Y al interior del partido, las disputas fueron intensas en los congresos de Linares y Chillán, en 1965 y 1967. La nominación de Allende para una cuarta candidatura fue extremadamente difícil en el propio PS, el que lo proclamó más por exclusión que por adhesión. Y, por eso mismo, a nadie pudo extrañarle que durante el período presidencial, Allende hubiese encontrado en su partido -y en particular, en su secretario general, Carlos Altamirano- un aliado tan desleal que ha sido considerado el peor de sus enemigos.

Derrotados por la civilidad que exigió un gobierno militar, los socialistas se debatieron durante todos los 70, los 80 y parte de los 90 en disputas internas que hablaban de Mandujanos, y de Almeydas, y de Núñez, y de Lagos. Facciones y facciones y más facciones.

Ni siquiera el ejercicio del poder durante varias presidencias ha logrado calmarlos: siguen en estado de ebullición, en permanente lucha fratricida, buscando nuevos y más originales nombres para cada uno de sus grupos internos, como si de patrullas juveniles se tratara.

¿Por qué pasa esto en el socialismo chileno?

Simplemente porque ser socialista es colocar toda la confianza en ese ente llamado sociedad. No tendría eso nada de malo si los socialistas fueran otra cosa -conservadores, por ejemplo- porque su fe estaría depositada en cientos de cuerpos intermedios autónomos, en una rica vitalidad de lo intermedio. Pero, para los socialistas, la sociedad es un ente amorfo, etéreo, sin caras ni nombres; un magma que, para que pueda tener algún viso de realidad, ellos identifican con el Estado. Para el socialismo, no hay más sociedad que aquella que el Estado es capaz de gestionar. Y, obviamente, de controlar. Vaya paradoja.

La única manera práctica de ser socialista, entonces, es dedicarse con alma, corazón y vida a la conquista del Estado y a su administración. Nada más falso que esa supuesta conexión de los socialistas “con las luchas de las multitudes”, expresión que la Presidenta ha utilizado para referirse a Violeta Parra, pero que sin duda alguna pretende ser la síntesis de una mirada refleja de sí misma y de su partido.

El Estado. Los socialistas no solo no saben vivir sin él, sino que, además, cuando vislumbran que perderán su control, son capaces de pedir auxilio a cualquier transeúnte, para evitar la derrota o minimizar las pérdidas. Y si hay que sacrificar a dos o tres militantes y cambiarlos por un independiente con tal de mantener alguna esperanza de retener el poder, así ha de hacerse.

Socialistas no; simplemente, estatistas.

Y es justamente eso lo que explica que en los momentos de mayor tensión para el socialismo, el partido se incline hacia el anarquismo, hacia la fragmentación máxima en su interior, con casi tantas tendencias, corrientes y alamedas como militantes hay.

Cuando se gobierna tan mal lo propio, no extraña que se utilice tan mal al Estado.

Eso pasó con Allende y Bachelet.

/Columna de Gonzalo Rojas para el diario El Mercurio

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