No, no puede ser.

A cada rato se oye ese clamor, voces angustiadas que rechazan con asombro la última actuación del Congreso, o la torpe declaración de aquel político que parecía confiable, o el más reciente desacierto gubernamental.

No, no puede ser.

Y, para escarmiento de todos, para desgracia nacional, sí, es real: en Chile la locura, la maldad y la ideología van copando espacios, van marcando tendencias, van disuadiendo reacciones, van arrinconando resistencias

Locura, maldad e ideología. No es posible saber cuánto pesa cada uno de esos factores.

Que si los locos y las locas están inoculando el mal a siniestra y, oh, también, a diestra; que si los malulos tienen chipe libre para herir y matar; que si el pensamiento ideologizado de unos pocos iluminados penetra capas juveniles y las convierte en dócil masa. Y qué más da cuánto pesa cada una, la locura, la maldad y la ideología: las tres están dañando de muerte el alma nacional, las tres tienen a Chile de rodillas, no para pedir perdón ni misericordia, sino para esperar el tiro de gracia.

Entonces, exactamente como reacciona el acorralado ante el peligro de muerte, hay que levantar la voz contra la locura y denunciarla. No, mujer: usted no puede adueñarse de Chile, usted —deme las gracias por tratarla de usted— enloqueció, usted no está en sus cabales y alguien tiene que decírselo para que otros puedan reaccionar e inhabilitarla. ¿Usted se sintió aludida? Bien, misión cumplida: esa es usted.

Junto a la locura, la maldad. Él.

Él lo ha promovido todo: que asalten al cuartel, que maten al Presidente, que consideremos a la Armada una asociación terrorista. No está loco; sin duda, no. Su partido no los tolera, su partido es demasiado frío para encandilarse con enajenados; su partido lo usa para presentar a otro de los suyos, por contraste, como el bueno que organiza farmacias populares y protege a los vecinos de la pandemia. El malo y el bueno; el malo es un perseguido; el bueno, un justiciero. Dos logros en uno.

Pero falta el feo. La ideología.

Jóvenes impetuosos que, ni locos ni malos, creen haber encontrado la piedra filosofal. Sí, como Rousseau y como Marx, pero que hoy ya no miran a los gurús de antaño, sino que se rinden ante Gramsci y comulgan con Laclau.

La ideología parece menos activa en nuestros ramplones conflictos contemporáneos, suena a arcaica coordenada de los sesenta y los setenta. Pero no es así: ahí está ella, al acecho, bestia astuta, que sabe esperar el momento oportuno, el espacio que le han ido abriendo la locura y la maldad, para quedarse con todo, con Chile y con los chilenos.

Comienza una nueva época y los factores se reordenarán.

Ni los locos ni los perversos podrán triunfar en la deliberación constitucional. Su tiempo está superado; sus muy primitivas tendencias habrán producido agotamiento y terminarán provocando rechazo. Ni ella ni él podrán estar presentes en la asamblea redactora, y es de esperar que no haya copias ni calcos que puedan imitarlos en esa instancia. Ella y él tendrán que buscar nuevas figuraciones para su locura y su maldad.

Aun así, probablemente no estaremos a salvo, porque actuará la ideología.

La ideología, sutil, gatuna ella, sabe entrar sutilmente, como por osmosis, disolver convicciones, no generar rechazos, conseguir que de modo indoloro se cambie de posición, se acepte lo antes rechazado, se adore lo antiguamente combatido. Su veneno de acción retardada, termina en efectos conocidos y casi siempre es demasiado tarde: ya la víctima no tiene salvación.

Algo así como que de la subsidiariedad te pases a la socialdemocracia; no se sabe muy bien por qué lo hiciste, aunque se sospecha para qué.

No sé por qué se me ocurrió este ejemplo.

/Escrito por Gonzalo Rojas para El Mercurio

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