El MIR vuelve a hacer noticia.

Noticia histórica, se entiende, porque hace ya mucho tiempo que sus vetustos líderes no consiguen un solo seguidor.

Y la noticia histórica consiste en que dos de sus emplazamientos guerrilleros de mayor simbolismo, Neltume y Toqui Lautaro, han sido declarados monumentos nacionales.

Excelente. Mantener viva la historia del MIR presta un gran servicio a las nuevas generaciones.

Es muy conveniente que los jóvenes sepan que el MIR, que ha pretendido ser una pyme, fue en realidad una de las más decididas organizaciones terroristas en la historia de América contemporánea.

¿Pyme? Sí, en efecto, así fue declarada por la Contraloría hace unos años y por eso su Ceo, Pascal Allende, fue facultado para determinar cuál era el personal que debía ser indemnizado por el abrupto término del giro el 11 de septiembre de 1973. Y no es broma; es drama: revise los datos y lo comprobará.

¿Organización terrorista? Sí, y a mucha honra; así lo declaran los miristas de aquellos años. Efectivamente, a mucha honra escogieron la vía armada que el comandante Guevara les proponía desde Cuba, la misma que el odioso barbudo intentó de manera tragicómica poner en práctica en el Congo. Pero resultó que ni los nativos, ni los cubanos que lo acompañaron en esa aventura en 1965, fueron capaces de superar su atávica inclinación a los prostíbulos del lugar, causando la frustración del Che, según consta en su triste Diario. Ni una batalla ganada, ni un solo hombre nuevo para los registros de la revolución.

Y esa fue la misma vía armada que el propio comandante intentó poner en práctica en Bolivia y que terminó poco después, en 1967, sin revolución y sin comandante. Una nueva frustración que esta vez el Che ni siquiera pudo consignar en su Diario.

¿Y por qué no en Chile? Eso pensaron los miristas, y por eso a esa rama de tan podrido árbol pertenecen. Orgullosos se sienten los miembros de esa pyme: no tienen problema en reivindicar ese pasado como propio. Hagámosles justicia y dejémoslo en claro. Todo eso debe decirse fuerte y claro.

Por eso, es conveniente que en los sitios históricos en los que actuó el MIR figure este texto:

“Aquí vivieron individuos que escogieron la violencia para cambiar la sociedad y que se propusieron robar, asaltar y matar. Su organización se llamó Movimiento de Izquierda Revolucionaria y siguió los pasos de un criminal argentino-cubano llamado Ernesto Guevara. Desde 1965 a 1973 desarrollaron su criminal acción en democracia. Desde 1973 continuaron su tarea armada desde la clandestinidad”.

Y ojalá se declaren también monumentos nacionales Los Queñes y Carrizal Bajo, para que, junto con el MIR, pueda el FMR quedar perfectamente anclado en la historia patria. Y que se conozca con toda claridad cómo el moderado Partido Comunista de Chile —así les gusta presentarse a los de Teillier, aunque él mismo reconozca su jefatura del aparato militar— internó miles de fusiles para la guerra civil, acribilló a cinco escoltas del Presidente Pinochet y, ‘por si las moscas’, quería guardar una cierta cantidad de armas durante los años iniciales de la restauración de la democracia. Así lo dijo Corvalán. Le creo.

Por todas estas razones, aleluya al decreto firmado por la ministra de la Cultura. Aleluya, porque será ejemplar.

Ejemplar, porque algún día le devolveremos la mano a Cuba y será en la propia isla —una vez liberada de la tiranía castrista— que se instalarán memoriales para recordar que los miristas fueron entrenados en Punto Cero y los frentistas en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos. A toda la verdad le llegará su hora.

¿Están de acuerdo, señores del Consejo de Monumentos Nacionales?

/Escrito por Gonzalo Rojas para El Mercurio

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