“Hay pocas escenas que muestren con más elocuencia el carácter del Presidente y los problemas del Gobierno”. Así resume el columnista de El Mercurio, Carlos Peña, lo sucedido el viernes en el patio de La Moneda, cuando el Mandatario dejó literalmente hablando sola a la presidenta del Senado, Adriana Muñoz, tras una reunión de coordinación convocada por el Mandatario con los poderes del Estado tras su llamado a un “Acuerdo Nacional” para enfrentar los problemas de La Araucanía.

El impasse ha sido catalogado como un desaire, una falta de respeto y como un gesto misógino del Mandatario hacia la segunda autoridad de la República, e incluso ha llegado a la prensa internacional, y según Peña es fiel reflejo de “lo que le está ocurriendo al Gobierno, que parece confundir Poder Ejecutivo con poder performativo”.

A juicio de Peña, “la escena revela, por enésima vez, el principal problema del Presidente: la carencia total de empatía, lo difícil que le resulta disponerse a atender a las razones y los puntos de vista ajenos. El Presidente es de esas personas que necesita audiencias, espectadores (por eso se le ve muy cómodo en sus cada vez más frecuentes intervenciones televisivas, puesto que allí se ve rodeado de un público a la altura de su imaginación), un corrillo que le asienta, o si es posible, le aplauda, o al menos guarde un silencio que parezca anuencia; pero prescinde con total naturalidad de interlocutores, porque parece creer que no puede haber nada muy valioso en ellos y que por eso oírlos más allá de lo estrictamente indispensable, es una pérdida de tiempo”.

El abogado plantea que el Gobierno en esta recta final de su mandato (“sabiendo que ya languidece”), se ha dedicado a cultivar la “dimensión puramente performativa” vale decir de acciones que “no explicitan mediante el discurso ninguna idea”. “Habitualmente, la performance se emplea en cuestiones artísticas; ese campo donde el lenguaje queda desbordado por las emociones o por el inconsciente. Y desde luego, en la escena artística o crítica vale la pena. Donde, sin embargo, se convierte rápidamente en un gesto vacío, puramente fantasmal, a veces ridículo, apenas teatral, algo que a poco andar no sirve de nada, es en política”, subraya.

“En suma, el problema del Gobierno es que a falta de discurso, de ideas y claridad en lo que tiene que hacer, o dejar de hacer o impedir, se haga o no se haga, ha creído encontrar en los simulacros de performance un sustituto”, explicita.

Así las cosas, Peña sostiene que “los anuncios de querellas frente a la violencia callejera, o la que ocurre en La Araucanía; la convocatoria a un gran acuerdo nacional; las reuniones para resolver la cuestión educacional, etcétera, son todos gestos cuidadosamente diseñados —pobres performances— para dar la impresión de que el problema de la violencia está siendo abordado; que los pueblos originarios serán reconocidos como sujeto; que el Gobierno podrá crear las condiciones para volver a clases, etcétera”.

Sin embargo, advierte que “la ciudadanía, que mira estos gestos reiterados una y otra vez en televisión, sospecha, y a poco andar, lo confirma, que la violencia sigue allí (y que un segundo después que el Presidente anuncia querellas y condenas, la televisión mostrará el enésimo incendio); que el acuerdo nacional no tiene demasiado sentido, porque ningún gobierno necesita un acuerdo para cumplir y hacer cumplir la ley (que vienen a ser lo mismo, porque no hacer cumplir la ley es una forma de infringirla); que la vuelta al colegio acabaría en una simple tontería (porque como es obvio, con pandemia o sin ella, nadie necesitaba enterarse de que la decisión que el niño vaya o no a la escuela es de la familia), etcétera”.

Siempre según este análisis, el rector de la UDP hace una distinción entre la “performance” de Piñera y las declaraciones tras la reunión de la presidenta del Senado, quien en el patio de La Moneda fue enfática en señalar que “de ninguna manera es aceptable una militarización o un Estado de Sitio en La Araucanía”. “Puede consolarse pensando que al menos ella tenía algo que decir, algo que bueno o malo, acertado o erróneo, suponía tomar algún riesgo y no se agotaba en el gesto vacío, puramente escénico, de una pobre performance”, sostiene.

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