El clima interno no es de los mejores por estos días, ni el oficialismo ni el la oposición. En el primero, el debate por las 40 horas tensionó el ambiente y en el segundo, los desafíos electorales futuros aparecen complejos – basta ver la conversación mantenida por los presidentes de los partidos de la ex Concertación en La Tercera, el domingo pasado para comprobar eso. Pero como siempre dicen, el poder -o la ambición por alcanzarlo- siempre unifica y como estamos entrando en temporada electoral -falta poco más de un año para las municipales y de ahí a la presidencial no queda nada- es necesario comenzar a evaluar estrategias.

¿Pero será posible? ¿Habrá espacio para los acuerdos? Algunos en la oposición ya quieren sacar lecciones de lo sucedido en Argentina e insisten que hay que apostar por la “unidad” -el remezón de las PASO repercutió en todos lados. Pero lo cierto es que el debate está instalado y va de la mano de la creciente lucha por posicionar cartas presidenciales, especialmente en ese sector, donde los nombres no abundan y el de Bachelet sigue resonando en algún rincón, pese a la negativa de los timoneles de la ex Concertación a esa eventualidad. “Nuestro desafío es que surjan nuevos liderazgos”, insistió Alvaro Elizalde en el diálogo mantenido en La Tercera -y como muestra un artículo del miércoles pasado, el puzzle presidencial del PS está abierto. El problemas es que, según advierten algunos, ese proceso puede terminar favoreciendo todo tipo de propuestas populistas.

Para Héctor Soto el panorama opositor es especialmente preocupante. “Si las ambiciones presidenciales ya comenzaron a tensionar las relaciones internas en la oposición, significa entonces que ya no habrá vuelta atrás. Día que pase se hará, desde luego, más difícil recomponer en el sector una atmósfera de confianza” . Y eso lo dice a la luz de lo sucedido con el debate por la ley corta antiterrorista. “Sin una mínima empatía por el otro (…) sube mucho el costo que tiene la ausencia de proyecto común, como lo dejó claro, en términos de zizagueos y resentimientos, la votación de la ley corta”, escribió. “Es hacer política a la chuña”, sentencia Soto. O al menos, hacer política sin una mínima unidad de criterio. Después de todo, como también escribe Carlos Correa en su columna del lunes pasado, al hacerse eco del diálogo entre los presidentes de los partidos de la ex concertación, es claro que existe “una profunda diferencia entre los partidos” de la centroizquierda. Cada uno con su diagnóstico y con su estrategia. Sólo un candidato competitivo del sector podría ayudarlos a unificarse: “Nada despierta más que la posibilidad cierta de llegar al poder” . Porque para Correa no todo está perdido para ese sector, porque según él, el oficialismo también enfrenta sus propios problemas “de difícil solución”, como las dificultades para cumplir “las excesivas promesas hechas en campaña y que en su caída pueden arrastrar candidatos” y “el factor J.A. Kast que es cada vez más atractivo para el votante de a pie de la derecha, y en especial para el donante”. Hay, que duda cabe, descontento en sector del oficialismo con el rendimiento del gobierno y el episodio de las 41 horas vino a dejarlo en evidencia como ningún otro.

Y si de adelantamiento de la carrera electoral se trata, Eugenio Guzmán -que volvió esta semana a escribir en las páginas de La Tercera- advierte de los riesgos que, especialmente para el oficialismo, ello puede significar. Dar por supuesto que, más allá del candidato, las elecciones pueden ganarse -como muchos creen en el sector- es un error, asegura. “La competencia política no es miel sobre hojuelas es “guerra” y civil, es decir, entre iguales. Ello se hace más trágico cuando se posee menos capital social, como es el caso de la derecha”.   Mientras en la oposición, el adelantamiento de la carrera presidencial, según Guzmán, puede ser más bien “un ejercicio de nicho en que los partidos se concentran en las negociaciones parlamentarias de cupos y no en el fortalecimiento de un candidato”. Sea ese o no el objetivo, lo cierto es que la temporada de negociaciones ya se abrió en la centroziquierda y esta semana tanto la DC como el Frente Amplio, desde uno y otro extremo, se mostraron disponibles a conversar. El primero se lo pidió formalmente al PR, PS y PPD y el segundo apuntó a dialogar con la ex Nueva Mayoría. Habrá que ver, cuan amplia será esa disposición.

Y en medio de este debate de política electoral, que toma fuerza y al que nos iremos acostumbrando a medida que las fechas clave sigue acercándose, vale la pena también tener una mirada más global y reflexionar sobre las debilidades de nuestro sistema político. Y en esa discusión es interesante la columna de Rodrigo Correa y Samuel Tschorne, académicos de la Universidad Adolfo Ibáñez, que abordan lo que califican de “agotamiento de nuestro sistema polítco”. “Bajo la creciente polarización y fragmentación políticas, un sistema presidencial no puede sino generar gobiernos débiles”, escriben , y abogan por avanzar hacia un sistema parlamentario que “propenda a asegurar institucionalmente una correlación entre las fuerzas políticas que lideran el Ejecutivo y el Congreso”. Y agregan, no sin despertar cierta inquietud, que “el costo de seguir retrasando la urgente reforma al sistema político puede volverse demasiado alto”. Y si de reformas institucionales se trata, la ex presidenta del Tribunal Constitucional, Marisol Peña también abordó ese tema esta semana apuntando que “las más importantes no serán las estructurales, sino aquellas que permitan arribar a nuestras instituciones públicas a quienes tengan verdadera vocación de servicio o que sean un ejemplo de cordura y prudencia que jamás deben ser confundidos con debilidad y flaqueza”. Un interesante punto de vista que suma a un debate cada vez más urgente.