Cuando uno ve lo que ha significado la astronomía para Chile como proyección al mundo, o lo que ha implicado el canal transoceánico para Panamá, es posible entender que la inserción internacional de un país en el mundo global se sustenta también en una singularidad. En aquello que le da identidad predominante. Chile fue, desde el descubrimiento del Estrecho de Magallanes, una especie de puente o de recalada ineludible en las travesías que pasaban del Atlántico al Pacífico. Y allí Valparaíso fue clave. Eso cambió en 1914, con la apertura del Canal de Panamá. Sin embargo, un siglo después, Chile es nuevamente recalada esencial, pero esta vez para mirar al universo, para ese viaje del conocimiento al infinito.

Ambos ejemplos nos dicen algo nuevo respecto de cómo se consolidan las fortalezas de un país en su política exterior. Nadie duda del alcance que tiene ser un país estable, con una democracia madura, eficiente en el comercio internacional y con inversiones bien calculadas. Como tampoco, a nivel de potencias, nadie duda de la fuerza del poder bélico y tecnológico. Pero también es clave saber tomar las oportunidades que se abren para, con imaginación, percibir un futuro distinto.

El desarrollo astronómico de Chile tiene una historia. En ella, es especialmente importante el 10% del tiempo total de observación en los nuevos y modernos observatorios, asegurado de manera exclusiva para los astrónomos chilenos. Cuando aquello se negoció solo teníamos un pequeño número de estos científicos. Pero fueron ellos quienes abrieron los ojos a las autoridades sobre las oportunidades y beneficios que este desarrollo de la astronomía en nuestro país podía tener para Chile. Teníamos un recurso esencial: la transparencia de los cielos, como casi en ningún otro lugar del planeta. Pero no teníamos astrónomos. En 1984, solo 24 trabajaban como académicos en universidades chilenas, 20 en la Universidad de Chile y cuatro en la Universidad Católica. Para el año 2000, la cifra había subido muy poco, aunque la especialidad ya estaba en seis universidades. Pero de allí en adelante, el proceso se aceleró. A comienzos de 2017, los astrónomos en organismos locales eran 221 y los alumnos aumentaron de 40 a 675.

El 10% del tiempo de observación ya lo había conseguido la Universidad de Chile en la década de los 60, en sus tratativas con el National Science Foundation de los Estados Unidos, a raíz de la puesta en marcha del Observatorio en Cerro Tololo en 1967. Fue un antecedente para abordar los acuerdos con los grandes proyectos que vendrían luego. En 1990, Chile acababa de elegir a Patricio Aylwin y tras la dictadura emergían temas y entusiasmo por ser parte de procesos globales que marcaban tendencias. Fue ahí cuando los astrónomos universitarios y los principales astrónomos de Europa agrupados en el European Southern Observatory (ESO) golpearon la puerta. Querían instalar aquí el entonces observatorio óptico más grande del mundo.

Los científicos chilenos deseaban ser parte de dicho organismo, pero la inversión de millones de dólares que se requería parecía imposible de conseguir bajo las circunstancias del país. Ante esa realidad, desde el Ministerio de Educación se le dio otro rumbo a la negociación: accedimos a la inversión de 300 millones de dólares, a cederles varios miles de hectáreas en torno a Cerro Paranal, en Antofagasta, a liberar de impuestos todo lo que ingresaran al país y a darles estatus de funcionarios internacionales. Todo, a cambio de una condición: los astrónomos chilenos serían contraparte y tendrían de manera exclusiva un 10% de los derechos de observación. Hubo discusiones, pero teníamos de nuestra parte la transparencia de los cielos y la mayor cantidad de días -o noches- de observación posible.

Ese 10% les dio acceso a tantos astrónomos chilenos, entonces en formación, y les permitió empezar a competir o, en algunos casos, a asociarse con sus pares internacionales para tener mayor éxito en sus investigaciones. Desde aquel momento comenzó un desarrollo de los observatorios en Chile hasta llegar a convertirlo en una potencia astronómica de talla mundial. Hoy tenemos 22 observatorios establecidos o en construcción, más de 5.000 millones de dólares invertidos, con una participación de 30% de la Unión Europea, 20% de Estados Unidos y el resto de diversos consorcios, varios de ellos con presencia de países asiáticos. La irradiación de estos avances, como el complejo de radiotelescopios Alma o el Telescopio Gigante Magallanes -a inaugurarse en un par de años-, es múltiple. Ejemplo de ello es el entorno de turismo astronómico que se crea o el enorme desafío de transmitir los datos, que obliga a tener las redes digitales más avanzadas en conexión directa con Chile.

Esa dimensión de desarrollo en torno a una singularidad también la vemos en la historia reciente de Panamá. Allí estuvo la visión de Omar Torrijos, quien logró en 1977 el acuerdo con el Presidente Jimmy Carter, para un traspaso gradual del canal a la soberanía panameña. ¿Podrían manejarlo los panameños como lo habían hecho los norteamericanas previamente por 75 años? ¿Tendrían la capacidad de gestión y los trabajadores adecuados? No solo la tuvieron, sino que el canal, ya plenamente en manos de Panamá, dio un gran salto en su desarrollo cuando el Presidente Martín Torrijos, en 2006, convocó a un referéndum nacional para llevar adelante el proyecto del Tercer Juego de Esclusas, que permitió doblar la capacidad del canal.

Ambas situaciones nos dicen que los referentes de un país en los escenarios internacionales del siglo XXI reclaman un ejercicio de imaginación. De ver aquello que hoy abre la posibilidad de tener un rol decisivo en las demandas globales, en las búsquedas de nuevos conocimientos y nuevos emprendimientos. Algo de esto debiera ser parte de la forma en cómo los países latinoamericanos recuperan su capacidad de pensar juntos: mirar hacia adelante.

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